El perfume le despertó.
En ocasiones le gustaría no tener el sentido del olfato tan
desarrollado. Instintivamente subió a la planta baja y comenzó a
rastrearlo. Paseó por el jardín, apartó unas cuantas ramas, entró
nuevamente en la casa e hizo lo propio por el salón. No había
ningún sobre, pero alguien había estado allí.
Pasó junto a la puerta
mientras se dirigía a lo que en su día fue la cocina cuando vio un
papel blanco en la antigua canastilla del correo.
Sonrió: estaba viva.
Hinchó sus pulmones de
aire fresco que se mezcló directamente con el perfume destilado por
la carta. No había entrado ésta vez, sino que había utilizado el
buzón. Comenzaba a gustarle el giro que estaban dando los
acontecimientos. Tomando el sobre subió al tercer piso, el lugar
desde el que miraba al exterior cómodamente y se asomó para ver la
casa de la chica: no había luz.
La que se filtraba por
la pequeña ventana del ático era suficiente para que pudiera leer
hasta el final la nota de su particular exploradora.
De modo que fue su madre
quien sufrió el accidente... Lamentaba haberle molestado con sus
chiquilladas, y... ¡ah! ¡muchachita engreída! Se creía con
derecho a preguntar quién le contestaba...
«De
acuerdo -se dijo sonriendo- pasaremos un buen rato...».
Regresó a la planta
baja para tomar papel y pluma. Sentado ésta vez en el patio interior
donde la luz le alcanzaba directamente, escribió una carta para
ella:
Me alegra saber,
querida Gabrielle, que el incidente no tuvo que ver contigo. Espero y
deseo que tu madre se recupere pronto. ¿Qué ha sido? ¿Se ha
cortado las venas? No me tengas por adivino, es sólo que en mis
constantes paseos les he odio discutir y a sabiendas de la letal
atracción que sentís las mujeres por las cuchillas, utilicé mi
poder de deducción.
Acepto tus disculpas
y acepto mantener ésta extraña correspondencia porque comienzo a
encontrarle cierto divertimento, mas he de advertirte de mis
condiciones, a saber:
-Jamás entrarás en
ésta casa de nuevo.
-Jamás contarás a
nadie que te comunicas conmigo.
-No quiero que
vuelvas a hacer ninguna pregunta como las que has hecho sobre mí.
¿Cómo osas
preguntar quién soy o dónde vivo? Es por cosas como estas por las
que no debería estar respondiendo tu carta, sino quemándola en un
pequeño fuego que calentara mi piel. No pienso responder a ése tipo
de cuestiones. Fuiste tú la que comenzó con esto, infame
exploradora, de modo que no tienes derecho a hacerlo.
Siéntete libre para
continuar dejando tus notas en el buzón si te place, pero no esperes
respuesta, tenlo presente. He de decir que si crees tu vida
complicada, no puedes siquiera imaginar cómo es la mía.
Pero no hablemos de
eso, volvamos a los asuntos que nos atañen: esas pequeñas cosas
desagradables que deseas compartir con un confesor. ¿Todavía eres
tan desgraciada como eras en la primera carta? ¿Qué le ocurre a los
tiempos? ¿Por qué has buscado aquí lo que deberías obtener en un
amigo, un familiar o el ser amado? ¿Estás enferma? ¿Acaso eres una
apestada, Gabrielle? Tu perfume es embriagador mas... ¿te ocurre
algo malo que impida a los demás acercarse?
Es todo un misterio
para mí que una muchacha joven tal cual te imagino, con una vida
cómoda, con un hogar bello y con un piano que la escucha, encuentre
en su vida un vacío tan grande, una tristeza como la que planteaste.
Comprenderás la intriga que me genera el asunto...
Liev
Sólo te daré un
nombre, mas no el auténtico.
Dejó el sobre en el
mismo lugar que el anterior, pero ésta vez garabateó unas palabras
antes de abandonarlo:
"Léase por La
Exploradora".





