lunes, 24 de marzo de 2014

A primera vista





Pasó un mes desde que Liev comenzara la búsqueda hasta que dio sus primeros, diminutos y taimados frutos, claro que al darlos comprendió por qué se demoraron tanto.
Gabrielle no estaba en la ciudad, tampoco en una localidad cercana, nada de eso: se había trasladado al otro lado del país. Así pudo volverse loco buscándola cada noche sin resultados. No la habría encontrado nunca de no ser porque, a la desesperada, echó mano del recurso que menos podía agradar a alguien como él. Una tarde de crepúsculo temprano, se citó con el agente inmobiliario que entonces intentaba vender la casa vacía de Gabrielle, para averiguar alguna información.
No le costó mucho trabajo seducir a la joven luciendo una sonrisa blanca y magistral, ensayada desde hacía cientos de años para que no fallara en momentos como aquel. La chica tardó poco en contarle la historia de los anteriores inquilinos, que después de un cúmulo de desgracias se cambiaron de ciudad. Querían evitar, dijo, que su hija, la más perjudicada, se sintiera recaer al salir del hospital. Aquella información fue demasiado para que Liev pudiera soportarla. Salió de la casa y acto seguido se dirigió a la estación de trenes.
Durante prácticamente tres días viajó en vagones abiertos, viendo volar el paisaje que cada vez era un poco más oscuro. Su imagen le acompañaba, así como el pensamiento fúnebre a la par que excitante de reencontrarla. Podría reprocharle que se fuera sin dejar señal alguna de su paradero, pero no lo haría. Solo quería estrecharla entre sus brazos con fuerza, nada más.
Las montañas se dejaron penetrar por los vagones incansables hasta que al fin el tren se detuvo y Liev puso los pies en el lugar donde Gabrielle, su pobre y desgraciada Gabrielle, había ido a trasladarse. No tardó demasiado en encontrar un rastro de su aroma como suspendido en la Plaza del Mercado, muy por encima del lugar donde los comerciantes vendían alimentos humanos. Siguió el rastro y encontró un edificio dedicado a la música, también ella estuvo allí recientemente; su aroma se mezclaba con el de cientos de humanos, pero era el suyo, no había duda. Liev rodeó el edificio hasta encontrar una nueva veta de perfume. La noche entraba en su fase más oscura cuando encontró un edificio antiguo de fachadas grises y balcones torneados. Era tan modernista que le hizo sonreír al recordarse viviendo en un lugar parecido, solo que el lugar donde moró Liev estaba bajo tierra.
Escaló los balcones buscándola y si bien el aroma se iba intensificando a cada metro, no había rastro de su presencia. Encontró la casa en silencio, la ventana de su dormitorio estaba cerrada, pero no le costó abrirla ni reconocer los mismos objetos que viera al otro lado del país. Ya estaba, su búsqueda terminaba esa noche.
Salió por la ventana dejándola abierta decidido a esperarla en la calle, como tantas veces sucedió con anterioridad. Buscó refugio en el portal de la casa de enfrente, pendiente de cada viandante y coche que pasara por allí. Un par de horas más tarde uno oscuro, de gran cilindrada, se detuvo a escasos metros de Liev. Si hubiera tenido un corazón vivo, lo habría notado bombear sangre con más fuerza de la que un pecho humano podría soportar; por fortuna estaba muerto, pensó con una sonrisa. Gabrielle se encontraba a escasa distancia, en el coche, y a primera vista bien.
Una lágrima quiso recorrer su mejilla: estaba viva, mucho más delgada pero respirando, no como temió cuando supo de su ingreso en el hospital. Seguía siendo tan bella como en sus recuerdos, todavía más cuando se ruborizaba aunque… pero… pero no podía ser, Liev no creía lo que veía… el hombre que conducía el coche recibió los labios de Gabrielle mientras él, que había condenado su vida por ella, observaba la escena sintiendo el alma partirse en pedazos.
La vio abandonar el vehículo, la vio entrar en el edificio, pero no pudo seguirla, se quedó allí, acuclillado, con las manos sobre las rodillas y el corazón aunque muerto, destrozado.

sábado, 1 de marzo de 2014

Diamantes por lágrimas




- Me gustaría que esta noche saliéramos a cenar...¿qué te parece?- dijo James con dulzura.

- Sí, claro...- Gabrielle estaba un poco anonadada por la invitación, hacia casi un mes que trabajaban juntos y era la primera vez que se dirigía a ella para tratar algo no profesional.

- Bien...- el hombre parecía contento de que hubiera sido tan sencillo.- Entonces te paso a buscar a las nueve, por tu casa...no hace falta que te arregles mucho.- respondió al instante sonriendo.

- Me parece bien...- Gabrielle salió del despacho con el corazón rebotando con rudeza en su pecho.

Cuando llegó a casa se fue directa al armario. No sabia muy bien que ponerse, recordó lo que James le había dicho y comenzó a sacar ropa y a posarla encima de la cama. Después de probarse medio armario decidió que se pondría el pantalón negro de pinza con con un jersey de cisne marrón oscuro, sus botines de tacón negros y llevaría el pelo castaño suelto y planchado. Formal pero elegante. De complemento un collar de cuentas marrones más claro que combinaba a al perfección. Hacia tiempo que no se tomaba la molestia de vestirse así. Se maquillo discreta y a las ocho y media estaba completamente arreglada así que bajo a la cocina y se sirvió una copa de vino tinto.

Él llegó puntual y llamó a la puerta. Ella le recibió con una gran sonrisa y le acompaño hasta el coche; un mercedes, pensó para sí que era un coche demasiado clásico para James y sonrió. Llegaron al restaurante, el estaba guapísimo vestido con unos vaqueros oscuros, su jersey de pico rojo y su chaqueta de cuero negra. Se mordió el labio cuando pidió la mesa que tenia reservada a la recepcionista, había sido muy detallista con todo. Cuando se sentaron y después de pedir la cena, James se la quedo mirando un momento en silencio.

-¿Qué pasa...?- preguntó ella inquieta por su mirada.

- Tengo que decírtelo Gabrielle, eres una mujer preciosa... no entiendo como es que jamás he visto a tu chico por los alrededores de la academia esperándote...- le dijo sin dilación.
"Arriesgado James, muy arriesgado..." pensó la chica.- Bueno, si no le has visto es porque no tengo...-rió, sabia perfectamente el motivo de la frase, pero le gustó el enfoque.

- Eso es...perfecto.- dijo él tomándola de la mano que tenia sobre la mesa. Ella se sonrojó.
Pasaron las horas como si fueran minutos y tras la cena hablaron de muchas cosas muy interesantes, pero sobre todo de música. Cuando se quisieron dar cuenta eran los únicos que quedaban en el local.

- Creo que lo mejor será que te lleve a casa de nuevo...- dijo esperando que ella le sugiriese ir a otro sitio.

- Sí... será lo mejor.- contestó ella.

Decepcionado por la respuesta la acompañó hasta la puerta de su casa y cuando ella se disponía a bajar del coche la agarró de la mano con suavidad.

- Gabrielle...yo...bueno, llevamos un tiempo trabajando juntos y la verdad es que quería...- Gabrielle le interrumpió contundente provocando que el chico se sintiera algo violento pero la sujetó con más fuerza.

- James, me gustas, pero no sigas... He disfrutado de tu compañía...quizás otro día...- fue a bajarse del coche pero el no la soltaba, le miro un poco confundida y en ese momento él tiro de ella con fuerza haciéndola caer de nuevo dentro del coche casi encima suyo y le robó un beso. Gabrielle no apartó la cara, pero sentía que algo no iba bien del todo en su interior.- Tengo que irme...- dijo deshaciéndose de James y saliendo del coche.

El espero a que ella se fuera y condujo hasta su casa a cierta velocidad. Cuando llegó subió derecho a la cocina y se abrió una cerveza maldiciendo para sí.

- Eres clásica eh, bueno, yo tengo paciencia, caerás Gabrielle, caerás... me gustas mucho pequeña te haré caer en mi cama...- murmuró lujurioso mordiéndose el labio.

Gabrielle entró en su habitación y al cerrar la puerta se dejo resbalar apoyada en la puerta tocándose el pelo y suspirando con fuerza. James la había besado, y debería de haberle gustado...que demonios fallaba... Liev, ella lo sabía, fallaba Liev. Aun podía sentir que entre ellos había habido algo muy intenso, ¿por qué narices no era capaz de recordar apenas nada? Era frustrante tener el sentimiento y las sensaciones sin recuerdos. Se levantó y se metió en la cama. Mañana era sábado, al menos podría relajarse tocando unas cuantas horas seguidas, desde que empezó con las clases a penas tenía tiempo para su piano.

Cerro los ojos y comenzó a llorar casi sin querer. Nada... no podía casi recordarle... ¿por qué?, ¿por qué?...