lunes, 22 de julio de 2013

En casa...




A Liev comenzó a devorarle la prisa. Bajó la mano hasta su ropa interior, quedando apoyado de lado e intentó arrancárselas pero, al dominarle el ansia de esa forma, no fue capaz y optó por colocarse entre
sus piernas nuevamente pero esta vez se quitó los pantalones para que ella sintiese su excitación en su máximo exponente. Le separó las braguitas con un sólo dedo mientras ella se contoneaba, pidiendo sin cesar, y se introdujo rotundo en su interior embistiéndola con fuerza, notando como su humedad alimentaba su sexo hasta límites insospechados. No era capaz de controlar la situación.

– ¿Esto querías sentir?

Gabrielle gritó de dolor muy sorprendida. No esperaba esa brusquedad y el tamaño del miembro que ahora la atravesaba se le antojaba enorme y duro, sentía como si la desgarrara de una forma atroz.
Nunca hubiera sospechado que el sexo fuera algo tan doloroso. Comenzó a moverse, muy incómoda, tratando de quitarse de encima a Liev; no le estaba gustando el tono de su voz, de pronto áspera, ni el color que estaba tomando sus ojos nuevamente, casi completamente transparentes. Liev la
contuvo rápidamente.

– ¿Qué pasa preciosa, no te gusta la sensación?- dijo con un cruel
tono irónico.

Gabrielle comenzaba a respira mal y ese extraño ardor mutaba poco a poco, agradándole algo más a cada embestida, aunque realmente lo conseguía que le gustara. Comprendió que realmente, la criatura que la
estaba poseyendo de esa forma tan cruel sí pensaba acabar con su vida y ésto la asustó nuevamente. No, no se trataba de una pesadilla, nadie iba a venir a salvarla, ni él iba a recapacitar confiándole que la amaba, por
mucho que ella deseara que esto sucediera.

– Si me matas... ¿que ganas Liev?- dijo entre jadeos.

– A ti -. Se quitó de encima colocándose de rodillas frente al sexo de la chica. Se había dado cuenta de que se había quedado demasiado rígida y comenzaba a secarse, evidentemente algo no iba del todo
bien, pero estaba demasiado centrado en su propia excitación para pararse a pensar en otras cosas. Su ojos volvieron a oscurecerse. -No se te ocurra moverte, exploradora...

– ¿ Cuánto tiempo...llevas esperando encontrar algo como yo...?, si me pierdes, te quedas solo...- respiraba con mucha dificultad una vez más pero trataba de sonar desafiante.

– Correré el riesgo...- Liev sacó de debajo del camastro un cuchillo largo y afilado. En ese momento la cara de Gabrielle se desencajó por el terror, las lágrimas comenzaron a aflorar mientras el
permanecía de rodillas observando el sexo de la joven por debajo de la ropa interior.

– Liev no lo hagas... yo no quiero perder esto...- buscaba una forma de escaparse con desesperación, estaba muerta de miedo. Se retiró quedando acurrucada junto a la pared del cabecero.

– Te he dicho que no te muevas, no me obligues a volver a atarte...- le gritó tomándola de los tobillos y arrastrándola de nuevo hasta que volvió a quedar entre sus piernas. Deslizó el cuchillo entre sus
braguitas cortándolas por dos sitios. Su sexo estaba frío, nada húmedo, muy poco halagador así que deslizó un dedo presionando con insistencia sobre el clítoris.

– Liev, te lo ruego... suéltame...- suplicó sollozante.

– Si quieres seguir respirando, Gabrielle, estate quieta.- Su paciencia comenzaba a agotarse, no sabía a qué venía todo ese espectáculo que estaba montando cuando lo único que él se proponía era disfrutar de ella hoy, y quizás mañana también.

– ¿Vas a estarte quieta de una maldita vez?- Volvió a inquirir.

Gabrielle se rindió finalmente, terriblemente cansada por su taquicardia y la falta de aire. Al calmarse notó como el ritmo cardíaco aminoraba curiosamente, a pesar de tener los nervios a flor de piel.- Esta
bien...- murmuró.

Liev la observó vencida desde los pies del lecho y sonrió victorioso. Volvió a centrar su atención en el bocado exquisito que tenía delante. Se aproximó y con su lengua, entusiasmado, comenzó a recorrer su sexo, deteniéndose en su nuevo tesoro, penetrándola con placer y ansiedad. Succionaba fuerte, pretendiendo que se encendiera tal y como él deseaba y se humedeciera sola. Introdujo el dedo indice con suavidad esta vez deleitándose en los suaves movimientos que comenzaba a sentir por parte
de la exploradora.

Ella estaba en shock por todo lo que estaba sucediendo y jadeó otra vez. La necesidad hacia ese hombre se volvió casi insoportable. El miedo desapareció dejando paso sólo al placer, suspiró y gimió con suavidad.- Es maravilloso...- murmuró de nuevo.

Liev, orgulloso de lo que esta aconteciendo, incorporó un dedo más para ver cómo reaccionaba ella. Ahora comenzó a entender que quizá no hubiera estado nunca con ningún hombre. Gabrielle acogió la nueva
sensación con un pequeño grito de sorpresa y respiró tranquila acompasando el movimiento de él con sus caderas.

– Eras virgen...- dijo claramente en un tono acaramelado sin sacar la cabeza de su lugar sagrado.

– Lo era... sí...

– Debí haber sido más cuidadoso-. Se subió sobre ella decidido. La sonrió y colocando sus labios sobre su boca la penetró una vez más con firmeza pero sin brusquedad, esta vez.









jueves, 11 de julio de 2013

El despertar de la Ira




Liev caminaba por la habitación furioso, mordiéndose los nudillos. No sabía qué demonios había pasado. Que ella se desmayara en ese momento tampoco había resultado de ayuda. Conteniéndose decidió esperar que despertara para pedir las explicaciones pertinentes. O quizá la matara sin más, se estaba ganando a pulso no merecer otra cosa.

Gabrielle abrió los ojos media hora después. Estando atada no podía levantarse y no conseguía respirar libremente. Miró el techo esperando a que desaparecieran esos pocos segundo de ingravidez que dejan paso a la consciencia real; sabía dónde estaba pero aun no tenía muy claro por qué estaba allí.

─¿Has vuelto? ─dijo él iracundo.

─... ¿Qué... qué ha pasado? ─trató de tomar aire.

─Buena pregunta; ¿lo has hecho a propósito? ─su semblante reflejaba sombras de frustración.

─¡No! ─tosió tras la respuesta.

─Y entonces, si no quieres torturarme, ¿qué ha ocurrido? ─dijo mirándola desde las sombras.

─¿Podrías hacer el favor.. de desatarme?... No sé qué pasa, pero no puedo respirar... ─tosió una vez más, cada frase la dejaba exhausta.

Liev la desató y se quedó mirándola mas cerca con desconfianza. Gabrielle se sentó en el lecho intentando regular su respiración sin conseguirlo al principio, sin devolverle la mirada.

─No lo he hecho a propósito, yo no quiero atormentarte...

─Respira ─exigió severo. No parecía que estuviera fingiendo y si lo hacía había resultado ser una fantástica actriz.

─Perdóname... ─tomó aire profundo sintiéndose mejor por momentos─. Ya estoy bien...

─¿Qué has sentido? ─mientras la veía en aquel vaivén de inspiraciones y expiraciones, comenzó a relacionar lo sucedido con su sospecha. Si Gabrielle era un bálsamo, su reacción fue natural. Los bálsamos caían inconscientes ante sus depredadores...

─No era capaz de respirar... sentí como si me estuvieras asfixiando... ─evitaba mirarle a la cara directamente en todo momento.

─Entiendo... ¿De verdad te sientes mejor ahora?, mi presencia debería causarte cierta inquietud, como poco ─su tono se hizo más amable.

─Estoy bien, me gusta tu presencia...pero no comprendo que me sucede cuando estoy cerca de ti... ni tampoco cuando estoy lejos...─ Continuó sin mirarle pero le agradó sobremanera que él le hablara con más ternura, pocas veces había tenido la oportunidad de escucharle así, aunque ciertamente no habían hablado mucho.

─Estás hecha para mí. No lo sabías, pero lo estás. Eres mía. ─Liev se acuclilló ante ella obligándola a mirarle a los ojos. Le sujetó con suavidad de la barbilla, Gabrielle sintió que su corazón se volvía a acelerar.

─Liev... ¿qué eres?, ¿cómo has podido saltar desde mi ventana conmigo...?, ¿y qué soy yo?, ¿por qué dices eso?... ─tras esas preguntas se quedó algo evadida es sus propios pensamientos.

─Tú eres mi bálsamo, y yo tu asesino... ─le separó las piernas colocándose entre ellas, robándole un beso demasiado cargado de ansia para ser romántico.

─Pero... no entiendo nada... ─se dejó hacer sin perder el control vigilando su ritmo cardíaco para que no le gastara otra mala pasada.

─Acabaré matándote, o quizá seas tú quién me mate... ─comenzó a besarle apasionadamente acariciando uno de sus pechos sobre la ropa.

─Entonces ese es nuestro destino... yo que tanto he esperado... que tanto te he esperado... ─hablaba entre besos y jadeos, presa de su propio deseo─. No quiero hacerte daño...

─Te digo que voy a matarte ¿y no piensas en escapar? ─de nuevo la empujó al lecho, boca arriba, arrastrándola de las piernas hasta él. Ella sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

─Dices que vas a matarme, pero yo te estoy diciendo que te he estado esperando... no podría huir... aunque quisiera hacerlo.

─Claro que podrías, siempre se puede hacer algo para evitar la muerte ─se abalanzó sobre ella deseando hacerla suya en ese mismo instante, subiéndole el camisón. Supo que le incomodaba su rudeza, pero eso le excitó aún más. El hecho de que Gabrielle aceptara dócilmente la muerte cuando acababa de advertirle qué iba a pasar, la hacía aún más encantadora.

Gabrielle volvió a notar que el corazón se le desbocaba y regresaba la sensación de ahogo pero luchó contra ello, esta vez aguantaría todo lo que pudiera y comenzó a arañarle la espalda.

─Hazme sentir antes de que pase nada... es lo único que... te pido.