Su aroma emanaba de allí,
precisamente de la casa que había al otro lado de la calle. Durante
un par de noches, aquellas donde la luna acompañaba, se dedicó a
rastrearla confuso al encontrar sus reminiscencias por todas partes.
«¡Obviamente!»
pensaba sintiéndose el mayor de los estúpidos. Por supuesto algo de
ella flotaba a cada esquina, ¡estaba irrisoriamente próxima!
Todo aquello se le
estaba yendo de las manos y eso no podía ser beneficioso ni para él,
ni para la casa, ni para ella, ni para nadie.
La muchacha continuaba
dejándole cartas, cartas que parecían volverse más tristes por
momentos, más agónicas. La que sostenía entre las manos fue la
última que encontró, la que pisó unas cuantas noches atrás y que
había tomado la determinación de no responder. Tenía que zanjar el
asunto antes de exponerse a más peligro del que ya se estaba
sometiendo. Posiblemente la chica estaría confusa. Por la tristeza
que emanaba cada trazo podía estimar que necesitaba un amigo, algún
contacto, algo que la hiciera despertar de aquel sueño enfermizo al
que sólo estaban destinados los seres como él, merecedores de
castigo.
Y a pesar de todo no
podía menospreciar sus palabras, menos cuando las tenía en mente
cada jornada, con cada puesta de sol, hora tras hora. Cierto que
aquellos sobres eran lo único interesante que le ocurría desde
hacía casi un siglo, pero era tan tentador saber más de ella como
peligroso. No debía hacerlo, no debía responder a aquella carta:
así terminaría la historia. La muchacha acabaría agotada de hablar
a unos cuantos muebles apolillados y cristales rotos...
Pero aquella noche
ocurrió algo que le hizo cambiar de idea. Era tarde, merodeaba por
el primer piso, acababa de despertar y de pronto un sonido punzante,
molesto y demasiado próximo se apoderó de sus dominios acompañado
por luces rotativas. Como acostumbraba, subió hasta la bohardilla
del tercer piso para asomarse al mundo desde allí, entre los huecos
de unos tablones mohosos, donde nadie podía verle.
No le gustaban las
ambulancias. Pensó que acudía en auxilio de algún pobre y
alcoholizado diablo hediondo, caído preso de la congelación en
alguna esquina, pero su sorpresa fue máxima al descubrir que el
equipo médico detenía su monstrua sirena en la casa de en frente.
Al instante pensó en
Gabrielle, en su tristeza, en la desesperación que había extraído
de sus palabras. Pensó en cuchillas, en boga entre los jóvenes de
su tiempo y los de antaño. Imaginó un cuerpo de rostro borroso
desangrándose con las manos colgantes a ambos lados. Recordó a
Chloé muerta y gélida en el centro del charco de sangre de su
habitación en París...
No podía estar
sucediendo de nuevo. No podía haber tenido la oportunidad de
salvarla y haberse negado a hacerlo.
Bajó al primer piso
apresurado buscando en su secretaire la tinta y la pluma que
guardaba celosamente. Las sacó del diminuto cajón para tomarlas
sobre los restos todavía firmes del mueble, y acto seguido se puso a
escribir. Por primera vez deseó que la chica no le dejara tranquilo,
que al menos tuviera la oportunidad de saber si continuaba con vida o
no.
Antes del amanecer dejó
un pequeño sobre blanco enganchado a la ventana de la planta baja.
Si Gabrielle seguía con
vida lo vería.
Si todavía tenía
pulso, lo vería.

