Las
semanas que siguieron al primer incidente se mantuvo acechante. Cada
nuevo sonido que irrumpía en la casa, le producía un sobresalto. Cada animalillo despistado que
buscaba refugio entre los muros infectos de yedra, era recibido
violentamente. El que no moría a sus manos huía despavorido, ya no
por saber que entre aquellas paredes habitaba un ser que no era de ese mundo; salían a la fuga tras un leve husmeo
donde detectaban el fétido aroma que emitían los cuerpos en descomposición
ascendiendo desde el sótano.
Aquella
carta fue una ofensa. Un grave asalto a la intimidad que, desde hacía
siglos, intentaba defender con garras y dientes. Gabrielle
sin duda, una estúpida. Una chiquilla inconsciente, porque sabiendo
qué ocultaban aquellos tres pisos de mansión empolvada, jamás
habría osado regresar.
No
es que pensara en ella, no es que tratara de ponerle rostro a sus
letras, pero la evocaba con frecuencia. No sabía si era el aroma del
papel, la celulosa mezclada quizá con alguna lágrima, los restos de
sudor o el perfume, pero algo se quedó entre los muros de la casa, algo
que le desconcertaba. De todos modos no justificaba el hecho de
haber sido una estúpida y una inconsciente. Si estaba en lo cierto
aquella muchacha no acabaría bien. ¿Cómo podría ver el final de
sus días alguien que tras leer su carta volvió para merodear por la
casa?
El aroma que quedó tras la segunda visita fue sutilmente distinto al de la primera. Ésta vez
podía distinguir una mezcla frutal y almibarada que sólo desprenden
los cuerpos asustados, hacía mucho que no percibía ése aroma. Ya
casi se había acostumbrado al de los animales y libros cubiertos de
polvo.
Se
sintió imbécil al no poder seguir fielmente el rastro dejado por la
muchacha. Por fortuna su
menstruación resultó esclarecedora anclándose en las paredes,
destilando en leve oscilación por el jardín. Aquella esencia, aquel
insoportable perfume campaba a sus anchas por su territorio.
Lo
siguió furioso.
¿Dónde
diablos estaba? ¿qué diablos hacía cuando entró de nuevo en la
casa? Él, que había destacado precisamente por su instinto en
tiempos mejores, no se había dado cuenta de nada. Era absurdo.
El
papel crujió bajo su bota. Allí, como si de nuevo Gabrielle
estuviera jugando con su cordura, había un sobre cerrado. Lo tomó
regresando al salón, la carta estaba humedecida del rocío absorbido
durante las dos o quizá tres frías noches que siguieron su paseo.
Extrajo el papel con cuidado y conteniendo las ganas de hacerlo añicos, comenzó a leer.
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