martes, 4 de diciembre de 2012

El encuentro






Las semanas que siguieron al primer incidente se mantuvo acechante. Cada nuevo sonido que irrumpía en la casa, le producía un sobresalto. Cada animalillo despistado que buscaba refugio entre los muros infectos de yedra, era recibido violentamente. El que no moría a sus manos huía despavorido, ya no por saber que entre aquellas paredes habitaba un ser que no era de ese mundo; salían a la fuga tras un leve husmeo donde detectaban el fétido aroma que emitían los cuerpos en descomposición ascendiendo desde el sótano.
Aquella carta fue una ofensa. Un grave asalto a la intimidad que, desde hacía siglos, intentaba defender con garras y dientes. Gabrielle sin duda, una estúpida. Una chiquilla inconsciente, porque sabiendo qué ocultaban aquellos tres pisos de mansión empolvada, jamás habría osado regresar.

No es que pensara en ella, no es que tratara de ponerle rostro a sus letras, pero la evocaba con frecuencia. No sabía si era el aroma del papel, la celulosa mezclada quizá con alguna lágrima, los restos de sudor o el perfume, pero algo se quedó entre los muros de la casa, algo que le desconcertaba. De todos modos no justificaba el hecho de haber sido una estúpida y una inconsciente. Si estaba en lo cierto aquella muchacha no acabaría bien. ¿Cómo podría ver el final de sus días alguien que tras leer su carta volvió para merodear por la casa?
El aroma que quedó tras la segunda visita fue sutilmente distinto al de la primera. Ésta vez podía distinguir una mezcla frutal y almibarada que sólo desprenden los cuerpos asustados, hacía mucho que no percibía ése aroma. Ya casi se había acostumbrado al de los animales y libros cubiertos de polvo.
Se sintió imbécil al no poder seguir fielmente el rastro dejado por la muchacha. Por fortuna su menstruación resultó esclarecedora anclándose en las paredes, destilando en leve oscilación por el jardín. Aquella esencia, aquel insoportable perfume campaba a sus anchas por su territorio.
Lo siguió furioso.
¿Dónde diablos estaba? ¿qué diablos hacía cuando entró de nuevo en la casa? Él, que había destacado precisamente por su instinto en tiempos mejores, no se había dado cuenta de nada. Era absurdo.

El papel crujió bajo su bota. Allí, como si de nuevo Gabrielle estuviera jugando con su cordura, había un sobre cerrado. Lo tomó regresando al salón, la carta estaba humedecida del rocío absorbido durante las dos o quizá tres frías noches que siguieron su paseo.
Extrajo el papel con cuidado y conteniendo las ganas de hacerlo añicos, comenzó a leer.

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