jueves, 27 de diciembre de 2012

Un sobre en la ventana





Su aroma emanaba de allí, precisamente de la casa que había al otro lado de la calle. Durante un par de noches, aquellas donde la luna acompañaba, se dedicó a rastrearla confuso al encontrar sus reminiscencias por todas partes.
«¡Obviamente!» pensaba sintiéndose el mayor de los estúpidos. Por supuesto algo de ella flotaba a cada esquina, ¡estaba irrisoriamente próxima!
Todo aquello se le estaba yendo de las manos y eso no podía ser beneficioso ni para él, ni para la casa, ni para ella, ni para nadie.
La muchacha continuaba dejándole cartas, cartas que parecían volverse más tristes por momentos, más agónicas. La que sostenía entre las manos fue la última que encontró, la que pisó unas cuantas noches atrás y que había tomado la determinación de no responder. Tenía que zanjar el asunto antes de exponerse a más peligro del que ya se estaba sometiendo. Posiblemente la chica estaría confusa. Por la tristeza que emanaba cada trazo podía estimar que necesitaba un amigo, algún contacto, algo que la hiciera despertar de aquel sueño enfermizo al que sólo estaban destinados los seres como él, merecedores de castigo.
Y a pesar de todo no podía menospreciar sus palabras, menos cuando las tenía en mente cada jornada, con cada puesta de sol, hora tras hora. Cierto que aquellos sobres eran lo único interesante que le ocurría desde hacía casi un siglo, pero era tan tentador saber más de ella como peligroso. No debía hacerlo, no debía responder a aquella carta: así terminaría la historia. La muchacha acabaría agotada de hablar a unos cuantos muebles apolillados y cristales rotos...
Pero aquella noche ocurrió algo que le hizo cambiar de idea. Era tarde, merodeaba por el primer piso, acababa de despertar y de pronto un sonido punzante, molesto y demasiado próximo se apoderó de sus dominios acompañado por luces rotativas. Como acostumbraba, subió hasta la bohardilla del tercer piso para asomarse al mundo desde allí, entre los huecos de unos tablones mohosos, donde nadie podía verle.
No le gustaban las ambulancias. Pensó que acudía en auxilio de algún pobre y alcoholizado diablo hediondo, caído preso de la congelación en alguna esquina, pero su sorpresa fue máxima al descubrir que el equipo médico detenía su monstrua sirena en la casa de en frente.
Al instante pensó en Gabrielle, en su tristeza, en la desesperación que había extraído de sus palabras. Pensó en cuchillas, en boga entre los jóvenes de su tiempo y los de antaño. Imaginó un cuerpo de rostro borroso desangrándose con las manos colgantes a ambos lados. Recordó a Chloé muerta y gélida en el centro del charco de sangre de su habitación en París...
No podía estar sucediendo de nuevo. No podía haber tenido la oportunidad de salvarla y haberse negado a hacerlo.
Bajó al primer piso apresurado buscando en su secretaire la tinta y la pluma que guardaba celosamente. Las sacó del diminuto cajón para tomarlas sobre los restos todavía firmes del mueble, y acto seguido se puso a escribir. Por primera vez deseó que la chica no le dejara tranquilo, que al menos tuviera la oportunidad de saber si continuaba con vida o no.
Antes del amanecer dejó un pequeño sobre blanco enganchado a la ventana de la planta baja.
Si Gabrielle seguía con vida lo vería.
Si todavía tenía pulso, lo vería.

No hay comentarios:

Publicar un comentario