domingo, 8 de junio de 2014
Un nuevo nombre para Gabrielle
¿Cansancio? ¿Agotamiento generalizado porque todos quisieran algo de ella gratuitamente? Sí, esa podría ser la definición de la vida de Gabrielle. Primero la gente en la escuela, cuando era niña. No valía con admirar su inteligencia y capacidad, tuvieron que exprimirla hasta que prácticamente enfermó para que se dieran cuenta de que tanta presión fue nociva para su salud. Después le pasó con la música, que en un principio fue refugio hasta que poco a poco también acabó convertida en una cárcel… La música… nunca pensó que pudiera pensar así de ella, que pudiera sentirse tan extremadamente maldita y presa también por ella. Se recordó días antes, frete al piano, tocando una pieza tras otra sin ser consciente del paso de las horas o el tiempo que habría invertido sentada en la banqueta del piano. La música… que le había devuelto la vida después de Liev… También pensaba en él cuando le dio la patada al primer contenedor que se cruzó en su camino. Liev fue el peor de todos, el más egoísta porque él ni siquiera le deseaba nada bueno antes de destrozarla. Desde el principio solo buscó acabar con ella y por pocas lo había logrado.
¿Enfadada? Sí, un cuanto, y cada vez más al pensar que también James quería algo de ella convirtiéndose en una de las peores amenazas posibles, porque él conjugaba dos de las maldiciones que habían sacudido su vida, y Gabrielle se daba cuenta. James además de su profesor quería ser el nuevo Liev.
El aire gélido cortaba los labios de Gabrielle en medio de la calle, planteándose detener o no al taxi que se aproximaba tocando el claxon para que dejara libre la carretera.
-¡Pare!
-¡Pero tú estás loca!
-Lléveme a la residencia Burana.
-¿La que está cerca de una escuela de musica?
-Sí.
No respondió al conductor, ni siquiera le dirigió una mirada más que para pagar con excesiva holgura la carrera.
Sus pisadas se marcaron en el asfalto, subía los escalones que llevaban a una portezuela de entrada al patio común de la residencia. Absolutamente todos los compañeros de la escuela sabían dónde vivía el director, que como si fuera el presidente de una pequeña nación, gozaba de asilo gratuito en el edificio con corte victoriano, a cien metros del conservatorio, propiedad del mismo desde hacía más de doscientos años.
Pulsó el timbre con insistencia. Pronto escuchó unos pasos acercándose a la puerta, cosa extraña dado que la viviendas empezaban a partir del primer piso.
James, luciendo un cómodo pantalón de pijama y con senda camiseta gris oscuro, iba en zapatillas; llevaba su largo cabello suelto. Seguía con la bolsa de papel para reciclar en la mano, ese era el motivo por el que dejó el apartamento tan tarde, pero entonces miraba perplejo a la chica que, completamente vestida de negro y con los labios resecos, entreabiertos, le miraba casi amenazadora.
-Gabrielle…
-Cállate.
Se lanzó a por él rodeando su cuello con los brazos. Su lengua anidó en la boca del director del que soltó la bolsa de papel sin más, amarrando a la chica por la cintura. Las manos de ella tardaron poco en buscar su piel bajo la camiseta. Los dedos helados de la pianista hicieron que el director se retorciera un par de veces mientras las lenguas seguían una lucha que respaldaban los dientes.
-Estate quieta –le ordenó sujetando sus manos contra la pared del patio, exigiendo un poco de obediencia.
James no sabía lo lejos que aquello quedaba respecto a los planes de Gabrielle, que más dominante que nunca, solo ansiaba hacer justicia a los años de represión que tantos hicieron en su vida, y exorcizar así sus demonios con él.
La chica se retorció contra la pared, como una salamandra. James la colgó de su cintura envolviéndose entre sus piernas e iniciando el ascenso hacia su estudio, donde una cama -algo clásica pero ideal para momentos como aquel- esperaba a sus moradores de esa noche.
James soltó a la chica sobre el lecho y él mismo se deshizo de la camiseta entre las piernas de Gabrielle. También quitó la suya, dejando a la vista el sujetador negro, sencillo y sugerente que ocultaba el fruto del deseo de James.
-Esto está mal –dijo besándole el cuello, sobre ella, mientras intentaba quitarle el pantalón-. No deberíamos hacerlo. Eres nueva, eres joven y yo el director del centro –volvió a meter su lengua en la boca de la chica. Levantó el sujetador y se deleitó mordisqueando uno de sus pezones-. Nuestra política no permite...
-¿Vas a delatarme? –preguntó ella con una sonrisa diabólica-. Agarró a James por el cuello prácticamente asfixiándole, obligándole a quitarse de encima.
James volvió a respirar cuando estuvo echado, de espaldas a la cama.
***
Horas más tarde el director seguía sin tener muy claro qué había ocurrido en aquella cama. Acostado junto a la chica dudó que abrazarla por detrás en postura más que romántica fuera lo que ella deseara. Después de verla actuar durante sus horas de intimidad no le quedó más que descartarlo.
Si se lo hubieran dicho no lo habría creído. Ese salvajismo… fue todo tan carnal como esencialmente peligroso, violento… Se excitó solo con recordarlo.
Gabrielle pareció sentir que estaba despierto y tardó poco en incorporarse. Sin añadir palabra comenzó a vestirse de espaldas a él.
-Te diría que quedaras a pasar la noche, pero el revuelo que se montaría mañana… No sé. La verdad es que me apetece mucho que te quedes. ¿Crees que compensaría?
-No voy a quedarme.
-Ya me lo parecía –quedó desnudo frente a ella. A James nunca le gustó hablar a la espalda de la gente.
Gabrielle se ponía las botas en aquel momento, estaba lista. El director esperó hasta que también tuvo puesta la cazadora.
-Quiero que quedemos otra vez. No sé bien qué ha pasado, pero nunca había vivido algo como lo que has hecho esta noche.
Ella le miró con indiferencia. Cogió su bolso y se lo colgó caminando hacia la puerta.
-Al menos dime si tú lo has pasado bien –James estaba contrariado. La chica que tanto le excitaba en el conservatorio y con la que pasó la noche más rara de su vida, quizá le había encontrado soso, o algo peor: mayor-. Por favor, no sé, di algo. Estoy desubicado, Gabrielle.
-No me llames Gabrielle.
-¿Por qué no? ¿Cómo quieres que te llame?
-No lo sé pero Gabrielle no. Ya no soy Gabrielle.
Y no dijo más. Se marchó dejándole en la puerta, pensando un nuevo nombre con que bautizar aquella mujer que en contra de lo previsto era una demente bien maquillada.
***
Tres horas más tarde, ya amaneciendo, el teléfono de Gabrielle sonó en su bolso. Era un Whatsapp. James le hacía saber el nuevo nombre con que se referiría a ella en adelante.
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