martes, 8 de enero de 2013

La exploradora






El perfume le despertó. En ocasiones le gustaría no tener el sentido del olfato tan desarrollado. Instintivamente subió a la planta baja y comenzó a rastrearlo. Paseó por el jardín, apartó unas cuantas ramas, entró nuevamente en la casa e hizo lo propio por el salón. No había ningún sobre, pero alguien había estado allí.
Pasó junto a la puerta mientras se dirigía a lo que en su día fue la cocina cuando vio un papel blanco en la antigua canastilla del correo.
Sonrió: estaba viva.
Hinchó sus pulmones de aire fresco que se mezcló directamente con el perfume destilado por la carta. No había entrado ésta vez, sino que había utilizado el buzón. Comenzaba a gustarle el giro que estaban dando los acontecimientos. Tomando el sobre subió al tercer piso, el lugar desde el que miraba al exterior cómodamente y se asomó para ver la casa de la chica: no había luz.
La que se filtraba por la pequeña ventana del ático era suficiente para que pudiera leer hasta el final la nota de su particular exploradora.
De modo que fue su madre quien sufrió el accidente... Lamentaba haberle molestado con sus chiquilladas, y... ¡ah! ¡muchachita engreída! Se creía con derecho a preguntar quién le contestaba...
«De acuerdo -se dijo sonriendo- pasaremos un buen rato...».
Regresó a la planta baja para tomar papel y pluma. Sentado ésta vez en el patio interior donde la luz le alcanzaba directamente, escribió una carta para ella:

Me alegra saber, querida Gabrielle, que el incidente no tuvo que ver contigo. Espero y deseo que tu madre se recupere pronto. ¿Qué ha sido? ¿Se ha cortado las venas? No me tengas por adivino, es sólo que en mis constantes paseos les he odio discutir y a sabiendas de la letal atracción que sentís las mujeres por las cuchillas, utilicé mi poder de deducción.
Acepto tus disculpas y acepto mantener ésta extraña correspondencia porque comienzo a encontrarle cierto divertimento, mas he de advertirte de mis condiciones, a saber:
-Jamás entrarás en ésta casa de nuevo.
-Jamás contarás a nadie que te comunicas conmigo.
-No quiero que vuelvas a hacer ninguna pregunta como las que has hecho sobre mí.
¿Cómo osas preguntar quién soy o dónde vivo? Es por cosas como estas por las que no debería estar respondiendo tu carta, sino quemándola en un pequeño fuego que calentara mi piel. No pienso responder a ése tipo de cuestiones. Fuiste tú la que comenzó con esto, infame exploradora, de modo que no tienes derecho a hacerlo.
Siéntete libre para continuar dejando tus notas en el buzón si te place, pero no esperes respuesta, tenlo presente. He de decir que si crees tu vida complicada, no puedes siquiera imaginar cómo es la mía.
Pero no hablemos de eso, volvamos a los asuntos que nos atañen: esas pequeñas cosas desagradables que deseas compartir con un confesor. ¿Todavía eres tan desgraciada como eras en la primera carta? ¿Qué le ocurre a los tiempos? ¿Por qué has buscado aquí lo que deberías obtener en un amigo, un familiar o el ser amado? ¿Estás enferma? ¿Acaso eres una apestada, Gabrielle? Tu perfume es embriagador mas... ¿te ocurre algo malo que impida a los demás acercarse?
Es todo un misterio para mí que una muchacha joven tal cual te imagino, con una vida cómoda, con un hogar bello y con un piano que la escucha, encuentre en su vida un vacío tan grande, una tristeza como la que planteaste. Comprenderás la intriga que me genera el asunto...

Liev

Sólo te daré un nombre, mas no el auténtico.

Dejó el sobre en el mismo lugar que el anterior, pero ésta vez garabateó unas palabras antes de abandonarlo:
"Léase por La Exploradora".

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