Todo sucedió de la siguiente manera:
Liev decidía ponerse en pié tras horas de angustia dando vueltas en el diminuto agujero acondicionado a modo de dormitorio, cuando escuchó el sonido de pisadas en el piso superior. Desapareció del cuartucho para materializarse tras la puerta de entrada a la casa, sigiloso, difícil de detectar por uno de sus iguales e imposible por ojos humanos.
Al instante notó el perfume… Cuchillos en su pecho: era ella.
Entró como una gata, mirando a un lado y otro, deteniéndose incluso en las sombras de espaldas a él. Llevaba en las manos un libro, un cuaderno… ¿qué estaba haciendo? ¿No le había dicho que tenía prohibida la entrada? ¿Y ahora?...
Miraba a un lado y a otro quizá buscando algo mientras él retenía el impulso de saciarse, devorarla allí mismo por desobediente. Cambiaba de espacio, se dirigía a la sala del piano cuyo techo estaba tan destrozado que quizá en un par de años o tres, inundara el instrumento. Las teclas ¿le gustaban las teclas? Lo miraba anhelando, Liev lo sabía, deseaba tocarlo, pero… Se dio la vuelta frustrada: no lo haría.
Fue en ese instante cuando sus rostros se encontraron a escasos metros. Ella miraba con gesto preocupado hacia la puerta, su corazón a bullente de vida; él en el centro del gran salón observando el gesto incómodo de su cara.
¿Gabrielle era uno de ellos? ¿Era un Bálsamo? ¿¡Un maldito Bálsamo!?...
Sintió que se excitaba.
La deseaba allí, desnuda. Quería corromperla con labios de serpiente, tocarla y mancillar todo lo cándido de aquel cuerpo tibio, beber su perfume mientras quedaba dormida para siempre en su camastro… Clavarle las garras, saborear su carne, poseerla, matarla…
-Márchate de aquí –susurró, pero no pudo escucharle-. Vete antes de que me arrepienta –gruñó con los puños apretados, batallando consigo mismo en una sanguinaria refriega.
Gabrielle:
Da igual la música, tus padres, las armas de doble filo, todo: sólo importa la vida. Mantente viva, sé inteligente, ese es mi último consejo. He visto que regresaste a la casa y agradezco el presente pero no será necesario: ésta es mi última carta.
Mentiría si dijese que no disfruté con tus lecturas, pero no comprendes lo peligroso de ésta situación, eres una niña, no puedo exponerte más.
Ten una vida feliz y lucha porque sea plena.
Ha sido un placer,
Lieveneth
«¡No lo harás, maldito demonio! –Se gritó. Aquel que convivía con él y había luchado por mantener lejos de almas brillantes, bellos y jóvenes cuerpos, ojos tristes y perdidos, bocas inocentes a las que después arrancaba los labios, violaba en busca de su último aliento, aquel… estaba a punto de reventarle el pecho porque indudablemente Gabrielle era un Bálsamo-. ¡No te lo permitiré! ¡No la tocarás!», se dijo mientras el monstruo aullaba hambriento, luchando por cruzar la calle y despedazarla sin piedad.

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