lunes, 11 de febrero de 2013

Resentimientos





Tomó la fría nota en sus manos y lloró desconsoladamente tras su lectura.

Su "amigo", aquel que la escuchaba... el único que la había hecho caso en mucho tiempo... en toda su vida, practicamente... también la abandonaba y todo era culpa de... ¿era culpa suya?. El corazón de Gabrielle se llenó de tristeza, de una tristeza como nunca había sentido... ¿Quién era? Estaba claro... era una niña; tenía que vivir aunque no entendiera por qué, tenía que hacerlo como Lieveneth la aconsejaba, como la aconsejaban sus padres, como la aconsejaban sus profesores, como la aconsejaba su piano... consejos, consejos y más consejos...

- Estoy muy cansada... - dijo entre lágrimas y sollozos. A pesar de ser muy tarde abrió la ventana de su habitación y miró hacia la casa de en frente.- ¡Quédate con tus consejos! - dijo suavemente. Cerró la ventana y se acostó sobre la cama haciendo añicos la última carta de Liev y tirándolos en el suelo. ¡Cuantas estupideces había cometido...!; la primera de todas fue decidir entregarse en cuerpo y alma a la música. Estaba completamente loca por las dichosas teclas del piano, por las estúpidas cuerdas del violín, por los millones de partituras que habían pasado por sus manos... No tenía una vida de verdad desde los cinco años, ya que a esas edad aprendió a tocar. Con seis años debutó sobre un escenario con una pequeña sonata de Carl Czerny, a partir de ahí solo fue la música... Sus compañeras de instituto salían, conocían chicos, fumaban... cometían errores propios de juventud; Gabrielle solo tocaba. Ya estaba harta de todo, estaba harta de luchar contra todo, harta de sentirse tan sola. Se levantó con la mirada encendida y se dirigió al salón; destrozó la partitura, ya completa, de la canción de Liev; Sonata a unos ojos esperanza. Op. 21. en Si menor.... ¡fantástico, así desaparecía el dolor!

Subió a su cuarto y se arregló mucho, como si fuera a uno de sus recitales. Se plantó unos vaqueros rotos, una camiseta ajustada con una calavera gris y llamó a su prima Carolina.

- ...Gabrielle? .... eres...t..u...? - A través del aparato se escuchaba la música de un ruidoso bar de fondo.

Estaba de fiesta, ¿dónde si no un viernes por la noche? Carolina era oboista, y aunque estudiaba bastante no era ni la mitad de músico que su prima, pero ella sí tenia vida... por eso la envidiaba tanto Gabrielle.

- Carolina, ¿dónde estas?...

- En el Booling, con unos amigos...¿Por qué, ocurre algo?- la chica salió del bar alarmada.

- No, voy para allá, no te muevas de ahí.- El corazón de Gabrielle latía agitadamente. Se acabó la reclusión, se acabó la prudencia y se acabaron los consejos. Esa noche no iba a ser bonita. ¿Quería hacerlo? No, pero debía hacerlo. Su segundo gran error había sido confiar sus secretos melodramáticos a un completo desconocido, había sido egoísta e infantil... Necesitaba madurar, necesitaba dejar atrás toda la candidez que la caracterizaba. Tenía miedo, pero no más miedo que a perder la cabeza tratando de hacer de su mundo el único mundo razonable. Tal vez fuera mejor así.

Cogió una nota pequeña y escribió : Adiós.

Esta vez no la perfumó y la deslizó con delicadeza a través de la ranura de las cartas. No se despedía de Liev, se despedía de Gabrielle. Ahora sería Gabby, odiaba los diminutivos así que era perfecto. Tras dejarla en la casa se marchó a ver a su prima disfrazada de algo que aborrecía pero al menos tomaba una decisión que nunca habría tomado antes. Se alejó al bar disimulando las lágrimas que le nublaban la vista.

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