jueves, 28 de febrero de 2013
El primer contacto
-¿Estás bien?
- si... - dijo Gabrielle asintiendo con la cabeza levemente.
-No debiste subir al coche. Sigues borracha -y sola, pensaba ensombreciendo el gesto, había sido demasiado incauta.
- Si, eso parece...- dijo tragando saliva - ¿de dónde has... salido?
-¿Y qué más da? ¡Ni siquiera sabes dónde estás! ¿Realmente te preocupa de dónde he salido?
Gabrielle miraba al chico con los ojos húmedos conteniendo sus lágrimas con todas sus fuerzas.
- ¿Por qué has...? - bajó la cabeza avergonzada, el cansancio comenzaba a hacer mella en ella.
-Camina, nos queda un bonito paseo hasta... -la situación se le estaba yendo de las manos. De no ser porque ella estaba ebria podría plantearse cómo él sabía cuánto se alejaron de su hogar-. ¿Dónde vives?
- En la Calle Altos Campos... - dijo tratando de ser muy clara en su pronunciación.
-Lo dicho, un bonito paseo.
- No hace falta que me acompañes si no quieres... yo puedo... - Gabrielle se tropezó mientras hablaba y enmudeció al ver que el joven no la abandonaba a su suerte.
Caminaron durante largo rato en silencio y Gabrielle miraba de reojo al chico fijándose cuando podía en su elegante forma de caminar, en lo oportuno que había sido ese encuentro. El recuerdo de la noche la resultaba aterrador, pero se sentía a salvo junto a su acompañante.
-¿Cuál es tu casa? -preguntó intentando parecer inocente, como si no la reconociera.
- Esa...- dijo señalando su vivienda y mirando de refilón a la casa de en frente donde hacía unos instantes había dado su último adiós a la vieja Gabrielle y a Liev...
-Has mirado... ¿qué ocurre con ésa casa? ¿Quién vive allí? -preguntó señalando sus ruinas. El demonio interior la estaba poniendo a prueba, aquel juego le resultó de lo más excitante.
Se encogió de hombros- Es solo una vieja casa abandonada...- sonrió - No creo que este habitada.
La borrachera de Gabrielle había desaparecido casi por completo dejándola un molesto zumbido de cabeza, mientras que a Liev, cada vez le costaba más luchar con la oleada de sensaciones que bailan una danza macabra en su interior. Su parte racional hacía serios esfuerzos para contener los reproches, mientras otro lado, éste más tétrico disfrutaba de lo lindo teniéndola tan a mano.
-Te sorprendería lo que esconden las casas abandonadas. ¿Alguien te espera en la tuya?
- No, mis padres están indispuestos, pero no te preocupes, ya llego yo sola... gracias por acompañarme, bueno... y por todo. - Comenzó a buscar sus llaves en el bolso.
-Está bien... -dijo sintiéndose levemente decepcionado. No iba a invitarle a entrar, quizá estuviera más cabal de lo que pensaba-. Cuídate... ¿cómo dijiste que te llamabas?
- vaya... que tonta... me llamo Gabrielle - Se dio cuenta de que hasta ese momento no le había dicho su nombre. Le tendió la mano con amabilidad y con una sonrisa algo desconfiada, pero sin mentirle.
-Un placer, Gabrielle - Liev sonrió, lo hizo estirando los labios de aquel modo suyo tan peculiar, el mismo que podía hacer subir la lívido de una presa o que un enemigo decidiera acabar él mismo con su vida.- Tienes manos de pianista... -confesó deteniéndose un instante en sus largos dedos.
- Gracias... supongo - Se sonrojó ligeramente, pensando en la agudeza del comentario. Le comenzó a apetecer mucho un café y miró al chico sin preguntar su nombre.- ¿te gustaría tomar un café?
-No tomo café -repuso excitado ante la proximidad y el contacto.
- Bueno... otra cosa... - le pilló por sorpresa la tajante respuesta, no quería ser muy pesada, si el reusaba esta vez no insistiría más.
-¿Tienes vino?
Gabrielle asintió aunque noto que se mareaba un poco al pensar en el alcohol.
-Tú delante.
Hizo un gesto con la cabeza indicándole la puerta, le gustaban los antiguos modos, los respetaba. Sin embargo, la proximidad de la chica ejercía un poder demoledor contra él. Estaba convencido de que si se acercaba un poco más, acabaría con la existencia del Bálsamo por mucho que éste llorara rogando por su vida.
- ¿Alguna preferencia en particular...?- dijo abriendo la puerta.
- Sí.
- Bien, tu dirás...- le señaló el sofá invitándole a sentarse.
- Llévame a tu bodega -se acercó como una serpiente a sólo dos pasos por detrás. Desde ahí podía sentir el latido del corazón de la chica, casi irregular, como si le hubiera reconocido.
Llevó al chico hasta el botellero de la cámara frigorífica mostrándole la colección de vinos que poseía y le miró con dulzura. - Escoge lo que prefieras...- la cabeza le dolía ligeramente.
Liev se aproximó más a ella, sabía perfectamente lo que quería beberse esa noche. Miró las botellas con un brillo que la chica no pudo interpretar y sin detenerse en ninguna en particular musitó:
-Tomaré de ésta.
Miró su elección; un Borgoña de 35, un buen vino, sonrió.
- Tienes buen gusto. - Cogió con delicadeza la botella tratando de mantener la inexistente distancia que existía entre ellos. Tomó una elegante copa y sirvió el vino dejándolo sobre la barra del pequeño bar que había en la esquina del salón.
Liev no pudo contenerse, sujetó su brazo para retenerla próxima.
-Aún no sabes quién soy, ¿no te incomoda estar con un desconocido?
Gabrielle se puso algo tensa por el contacto repentino.- Acabas de salvarme de algo terrible en un coche y me has acompañado hasta casa... solo trato de ser cortes... - dijo a media voz.
-No me conoces, podría ser un asesino, podría ser un monstruo -dijo aproximándola a su cuerpo, tenía el antebrazo de la chica tan fuertemente sujeto que le sorprendió no gritara.
Comenzó a sentirse muy incómoda y su corazón empezó a latir desbocadamente. Teniéndole tan cerca logró
apreciar la belleza de su rostro. Le miró a los ojos directamente.
- ¿Y has venido a mi casa solo para matarme o para transformarte en murciélago...? - Dijo manteniendo la serenidad y aludiendo a sus libros de vampiros. Sintió la presión de la mano en su antebrazo.
Liev sonrió agarrando la copa de vino. -Quizá para hacerte algo peor.
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