Liev se dirigía de regreso a casa cuando la vio allí, frente a la puerta con la cabeza gacha. Tomó una profunda bocanada de aire, como intentando que el perfume de Gabrielle no llegara a contaminar de nuevo sus sentidos, y no lo hizo. Liev sonrió aliviado: había conseguido librarse de ella. Así, estando lejos, no sentía el impulso de matarla ni el remordimiento al pensar que estuvo a punto de mandar al garete todo por cuanto había trabajado.
Oculto tras un árbol, Liev la vio caminar calle arriba. Era demasiado tarde para que una chica como ella saliera de casa, tampoco era fin de semana: no había nada que justificara aquel comportamiento. Supo que entonces, cuando ya todo el asunto con ella estaba zanjado, debía retirarse. Gabrielle era joven, pero no tanto como para no poder resolver sus propios problemas, y él… él era alguien peligroso, alguien que debía resistir la tentación, alejarse y dejar al Bálsamo hacer su vida.
Aún así la siguió calle arriba, a cierta distancia. Gabrielle parecía no ver más que unos metros por delante de sus pies, seguía sin levantar la cabeza del suelo. Giró a la derecha adentrándose en una zona de copas que cualquier joven de la ciudad tomaba por templo: el barrio donde la fiesta transcurría con mayor intensidad fuera de los locales que dentro, en rincones oscuros. No era propio de ella, por supuesto que no, pero no la detendría, sólo buscaba saciar su curiosidad y ver dónde se dirigía, no interceder en nada, se repitió.
Gabrielle se echó mano al bolsillo del vaquero para sacar el teléfono móvil, poco después se detuvo frente a la puerta de un bar. Una chica castaña y bonita corrió a sus brazos con expresión preocupada. Se abrazaron, apoyadas en la puerta del bar hablaron largo rato hasta que finalmente se decidieron a entrar.
Desde la acera de enfrente, Liev las vio desaparecer entre música heavy. Parecía que aquel fuera su sino, observarlo todo desde el lado opuesto de la calle incluso estando fuera de su morada. Se planteó entrar, pedir una copa y ver qué hacían allíí dentro, pero hacerlo chocaría directamente con todos sus principios, con su sistema. No, no lo haría. Se planteó regresar a casa aunque algo le impulsara a quedarse, algo latente e intenso…
Finalmente se quedó, y para su sorpresa la salida de la chica se retrasó más de lo previsto. Casi una hora más tarde Gabrielle reía atropelladamente dando tumbos por la acera. Un tipo la sujetaba por la cintura arrastrándola entre risas hacia el coche aparcado calles más allá. Liev los siguió, sólo por curiosidad. Ya dentro del vehículo comenzaron a besarse, y continuaron haciéndolo en cada semáforo hasta que llegaron a la colina donde los besos pasaron a las manos. El chico se colocó entre las piernas de Gabrielle mientras el jersey volaba a los asientos delanteros y Liev se ponía cada vez más furioso. Ella le hizo retroceder un par de veces, por lo visto tenía náuseas… ¡Qué sorpresa!, pensaba, la niñata se estaba incomodando con tanto movimiento. A cada minuto Liev tenía más ganas de ver qué iba a ocurrir a continuación.
Gabrielle dio un golpe en el pecho de su acompañante que lejos de apartarse continuó besándola con rudeza. Ella apartaba el rostro donde él clavaba sus labios como atraído por un imán. También por lo visto era un bálsamo para él, de modo similar al suyo. Atrapaba sus pechos hincando las uñas en ellos cuando no lo hacía en su cadera. Gabrielle gemía de dolor, el acompañante la apretaba más fuerte, daba tirones intentando quitarle el vaquero, Gabrielle se estremecía y le mandaba detenerse, pero él no tenía la menor intención de hacerlo. Liev observaba la escena impasible: aquello debía hacer que aprendiera a no irse con un desconocido de buenas a primeras… Aquello debía darle una buena lección que no tendría que aprender de haber sido una chica lista… Aquello debía… debía… debía terminar. Gabrielle estaba sufriendo, estaba llorando y pidiendo ayuda con gritos histéricos por la ventanilla sólo abierta un dedo. Liev supo que en el momento en que abriera la puerta del coche y matara a aquel bastardo todo terminaría, tendría que marcharse de la ciudad, dejar atrás todo por lo que había luchado… pero no podía permitir que continuara.
Se abalanzó contra el coche abriendo la puerta trasera sin el menor esfuerzo. Agarró al melenudo del pecho y lo lanzó metros allá de un tirón. Acto seguido fue hacia la jadeante Gabrielle que intentaba cubrirse sofocada por el llanto, para mirarla con un marcado reproche.
–¿Quién eres tú? –Preguntó indefensa, cubriéndose los pechos con los brazos.
–¡Eh, hijo de puta! –Dijo el dueño del coche incorporándose pistola en mano del suelo.
Mientras le apuntaba, Liev se volvió hacia él sin decir una palabra, no hizo falta que lo hiciera. Acercó una mano a Gabrielle que salió del coche ya vestida y despeinada, sin saber qué estaba ocurriendo. El acompañante rodeó el vehículo bajando la pistola, lloroso hasta que se introdujo en el coche y entre gimoteos lo arrancó.
–¡Es el demonio! –gritó por la ventanilla antes de desaparecer colina abajo dejando en el aire un rastro de polvo. Los ojos de Liev le acompañarían siempre en sus peores pesadillas.
Gabrielle, más confusa que en toda su vida, miraba al desconocido sin decir palabra.
–Camina –ordenó él con voz grave.
–¿Dónde vamos?
–A casa.

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