domingo, 16 de junio de 2013

Temibles deseos/ Corazón débil






Se quedó petrificada mirando aquellos radiantes ojos grises, tan cristalinos que no parecía la mirada que recordaba. Tenía su boca increíblemente próxima, justo como ella llevaba meses deseando. Quería que esa mano brusca que le había aprisionado uno de sus pechos bajara hasta encontrarse la fuente de su virginidad y se la robara a arañazos. Suspiraba por encontrarse con esos labios que la llamaban tanto como su piano y arrancar a mordiscos millones de besos llenos de ira y ternura; tal y como siempre había imaginado, pero una voz en su interior la gritaba: ¡PELIGRO! a cada bocanada de aire que inhalaba. Esto no era uno de sus sueños, ni uno de sus libros... esto estaba pasando de verdad.

- Sí, ¿qué?- le dijo tratando de controlar todo ese fuego que le desgarraba por dentro impidiéndole pensar con claridad.

- Deseo... -dudo unos instantes pensando: " deseo que me arranques la ropa y profanes mi cuerpo hasta que sea presa de tu fuego y me fundas contigo, como hago yo con la música", pero dijo: deseo que me sueltes, Liev, por favor... ¿Por qué me haces esto?... – le miró con miedo imaginando que clase de ser podía estar frente a ella, no podía ser humano y todo se le estaba escapando de las manos. Esto era la vida real… ¡QUE COÑO ESTABA PASANDO!

Liev no contestó.

- “Tú eres la única culpable de tu destino. Te advertí, fui bueno contigo... te entretuve jugando a tus estúpidos jueguecitos... ¡incluso te ayudé!, y ahora haces esto...”- Las palabras que él podría estar pensando fluían por la mente de Gabrielle y al mismo tiempo tuvo ganas de llorar al sentir como se humedecía por completo bajo el ceñido pantalón vaquero. No sabía qué hacer. Su cuerpo luchaba contra su cabeza en una guerra como jamás se había librado.- “No he hecho nada malo... yo creí que te habías marchado... solo quería...”- pensó. Realmente no sabía que decir ante su captor.

Acababa de secuestrarla y la había maniatado y amordazado arrojándola en la oscuridad, en un lecho que a su juicio no era nada agradable, debería de tener miedo, pero no sabía muy bien por qué no era así. Olía a humedad y se podía escuchar alguna alimaña correteando por el suelo, pero ella solo tenía sentidos para él. Él y su divina fragancia que la inundaba obligándola a excitarse y aceleraba las pulsaciones de su corazón, el cual cabalgaba a un ritmo frenético. Sentía el calor que desprendía su entrepierna y deseaba con toda su alma tocarlo y comprobar que realmente ocultaba algo tan duro y cálido como su voz, como su mirada... pero el silencio cortaba.

El aire impulsado por su respiración sobre su piel la erizaba hasta el último vello del cuerpo. Lo necesitaba, no cabía duda alguna, necesitaba sentirle embistiéndola con fuerza mientras la agarraba con firmeza por el pelo y respiraba con pasión sobre su oído... era lo que más necesitaba. Su corazón continuaba desbocado, como jamás lo había tenido.

- Me merezco tu ira, es cierto. He vuelto a ofenderte... perdóname.- Le miró con cierto recelo y sin oponer mucha más resistencia, notando el pecho estallar, le ofreció sus labios cerrando los ojos dócilmente.

Liev la observó entregarse tan rápido a sus deseos que sintió una punzada de orgullo en su interior, había sido tan fácil regresar a ese estado... tanto tiempo luchando contra sí mismo, para ahora ver como ese pequeño bálsamo se deshacía entre sus dedos suplicando literalmente que acabara con su existencia. Se inclinó los escasos centímetros que restaban de la boca de Gabrielle y la besó apasionadamente.

Mientras sus lenguas se entrelazaban, Liev agarraba la cabeza de Gabrielle con suavidad pero firmeza, obligándola a moverse donde él quería, se sentía raro, y ella notó que se mareaba y la costaba ligeramente respirar. Su corazón le dañaba en el pecho por los terribles y rápidos golpes y de pronto comenzó a sentir un extraño cosquilleo que la recorrió entera, como una corriente eléctrica, fue perdiendo las fuerzas poco a poco hasta que finalmente, y muy lejos de desearlo, se desmayó en los brazos de su captor.

lunes, 10 de junio de 2013

Madness




Y entonces Liev se volvió loco. Su aroma estaba por todas partes, la cama que él jamás se atrevió a utilizar; revuelta, la huella de sus labios en el maniquí, todo de nuevo vívidamente… por eso perdió el juicio. Destrozó la figura de cartón a golpes, lleno de envidia, pero viendo que que así no se aplacaba el instinto abandonó su guarida por la puerta principal, dejándola abierta para dirigirse directo a aquella ventana donde sabía que la encontraría, tenía que estar allí… y no se equivocaba. Gabrielle tendida en la cama, boca abajo, con las piernas cruzadas en el aire escribía, al parecer se divertía concentrándose en un pequeño cuaderno oscuro… Bien, era el momento de que todos rieran, no solo ella. Tampoco es buen momento para la literatura, pensó encaramándose a la ventana.
No le dio tiempo a gritar, hablar ni moverse, porque antes de todo eso Liev ya le tapaba la boca.

–Vas a venir conmigo –exigió notando que su cuerpo se contoneaba resistiéndose–. Vas a venir conmigo –repitió llevándola a la fuerza hasta la ventana por donde, de un salto, llegaron al suelo, y de ahí a la misteriosa casa de enfrente para desaparecer en su interior tras un fuerte portazo.

¿Le había gustado la habitación del segundo piso? Pues bien, no era allí donde la llevaba; era al sótano, a la oscuridad. Cuando le quitó las manos de encima y ella, contemplando su expresión, hizo un amago por escapar, aún se excitó más.

–No, hoy no te dejaré marchar –dijo acorralándola contra la pared.
–Liev yo…
–¡Cállate!
–Pero…

Se lo advirtió, le pidió que callara, de modo que no tendría reparos a la hora de amordazarla. Ató sus manos después de volverla muda ayudándose de un pañuelo. Este ahogó sus quejas, sus réplicas, si es que aquellos gemidos incomprensibles lo eran, y una vez la tuvo así, frente a él, se sintió más poderoso que en mucho tiempo, más fuerte que en siglos.

De un tirón hizo que cayera al burdo lugar que él utilizaba para dormir, pero sus fuerzas, su ansia tiró por él; Gabrielle acabó prácticamente cayendo del colchón ajado, su melena colgaba enmarañada hacia el suelo mientras Liev disfrutaba con la imagen de su trasero tenso ante la proximidad del golpe.
Hizo que se enderezara agarrándole del brazo, quedando sentado a horcajadas sobre ella. Le sujetó las manos con fuerza.

–¿Esto es lo que querías? –preguntó gutural. Sus ojos habían cambiado de color dominados por el instinto, y también por el calor que emanaba el cuerpo de la exploradora, inflamándole más a cada segundo–. Responde ¿es esto? –insistió. Los ojos de la chica brillaban, no sabía bien por qué, pero lo hacían, hablaban mientras ella no emitía sonido alguno–. ¡RESPONDE! –gritó a escasos centímetros de su boca. La lengua de Liev rozó su mejilla como si fuera una sierpe y ella la presa a devorar hasta el último aliento. También como un reptil su mano fría alcanzó un pecho para apretarlo con fuerza hasta la gloria: un gemido.

Liev volvió el rostro hacia ella, que le miraba silenciada por la mordaza. Entonces y solo entonces, sintiendo la sangre fluir virulenta, escaló sus con sus dedos para liberarla echando el pañuelo abajo, notando los dientes de Gabrielle entre sus labios doloridos.

–Sí –dijo ella. 

lunes, 3 de junio de 2013

El secreto de la lujuria

  




 


   Nunca había hecho el amor con nadie, eso era cierto, pero también lo era que conocía a la perfección como funcionaba y no le eran extrañas las sensaciones que su cuerpo le expresaba cuando la necesidad física le agobiaba. Esta mañana se había levantado con esa extraña sensación, algo poco frecuente en ella, pero siempre clara.
   Hacía semanas que había decidido volver a una vida normal y tranquila pero su cuerpo continuaba pidiéndole que regresara a la casa de enfrente, le necesitaba... ¿por qué demonios no se le pasaba ya?; no lograba entender nada.
   Se levantó de la cama con la mente consumida por un solo pensamiento... ¿Dónde habría dormido Liev mientras mantuvieron su correspondencia? Estaba completamente segura de que él ya no habitaba en la casa abandonada, la había estado vigilando cuanto había podido y no le cabía duda de que estaba completamente vacía.
    Bajó a desayunar. Su padre ya se había ido a trabajar y su madre debía de estar durmiendo placidamente. La enfermera que habían contratado para cuidarla hacía su trabajo a la perfección y se la veía muy buena persona; cosa que agradaba a Gabrielle sobremanera. Se tomó su café y como cada mañana trató de tocar un rato, pero el ensayo no le fue nada bien... esa extraña sensación que se había aposentado en su bajo vientre producía que sus nervios estuvieran a flor de piel todo el tiempo.
   Pasado el medio día y sin ver movimiento alguno en la casa, como era normal, salió de la suya y atravesó el jardín para acceder al interior una vez más, pero esta vez no por la puerta principal, ni por el patio interior; había visto una tremenda enredadera en la parte de atrás y debía de conducir a ese piso superior al que no podía llegar utilizando las escaleras, ese era su objetivo. Se encaramó a ellas comprovando su consistencia y parecía que aguantaban bien su peso. Recordó la prohibición que tenía sobre la casa pero no la importaba lo más mínimo, algo de ejercicio la vendría muy bien para quitarse ese malestar y desde ese lado nadie la vería entrar aunque pasaran por mitad de la acera.
   Trepó y llegó a una ventana que se abrió tras un breve empujón de su brazo. Parecía un baño. El vater y la bañera estaba rotos y llenos de porquería, además el suelo no parecía muy estable pero soportaría su incursión, al menos esa vez.
   Salió del habitáculo con mucho cuidado y encontró una puerta justo al lado de las escaleras, era la única del corredor que estaba abierta; de las otras tres, una tenía el acceso cortado por los escombros y las otras estaban bien cerradas.
   Cuando entró en el cuarto se quedo petrificada; había una preciosa cama con su dosel apolillado de matrimonio llena de polvo y telarañas que parecía estar en buen estado, alguno muebles rotos que dejaban ver unos bonitos grabados florales y un maniquí de cuerpo entero que se manifestaba justo delante de un viejo espejo partido, le parecía una habitación de ensueño. Sonrió. Se puso a jugar con el maniquí imaginándose una maravillosa conversación y solo pensaba el Liev. No dijo una palabra; encendió su mp3 donde comenzó a sonar The Regulator de The Clurch, tomó al muñeco en sus brazos y quitándole el polvo de la cara lo besó en sus labios de madera inertes. Encaramó su pierna sobre la cadera de la figura y la rozó de una forma obscena al ritmo de la melodía, imaginandose a cada momento las manos de él sobre su cintura, sobre su espalda... justo lo que necesitaba en ese momento. Fue desplazando el juguete hasta dejarlo frente a la cama y mirando a ambos lados y asegurando su soledad se arrojó sobre ella Se mordió el labio inferior imaginando a la estatua como a su querido Liev, o Lewis, o cualquier otro nombre que le hubiera dado y se acarició el rostro bajando por su cuello hasta su pecho izquierdo y acto seguido a su pierna. Se quedó allí tumbada un rato largo sin hacer más con esa extraña sensación de sentirse observada sin estarlo, inundándose del olor a humedad y a polvo. Le dio igual ensuciarse, ya se sentía bastante sucia, y le daría igual que la vieran. Rió imaginando como el maniquí cobraba vida y se abalanzaba sobre ella, abriéndole las piernas con brusquedad para reclamar algo más a parte de un beso de principiante.
   Se levantó sorprendida de lo dura y resistente que era la madera de la cama, menos carcomida de lo que se imaginaba y volvió a salir de la casa. Se había sentido tan cómoda que decidió que trasladaría su sala de lectura a ese cuarto la próxima vez que entrara, tal vez así pudiera inspirarse para poder componer nuevamente, desde la canción que había hecho para Liev no había podido hacer nada más y aun no entendía a qué venía ese bloqueo.
   Volvió a su casa para poder cenar con su padre. Últimamente su relación se había estrechado bastante y subió a su cuarto para poder escribir en su diario.

martes, 28 de mayo de 2013

Cuando se silencia la música



«Creo recordar que era algo común en un signo zodiacal, pero no puede aplicárseme porque nunca creí en ello. Solo creo en mí, en lo que he visto. En mi mundo de nada sirven los misticismos.
»He estado esperando que vuelva, es cierto. He deseado la desobediencia pueril de una niña, quizá más conscientemente de lo que me gusta reconocer, he esperado que regrese a mis brazos y se aterre teniéndome delante. Debería celebrar que no lo hizo, que finalmente escuchó mis consejos y se mantuvo a salvo, debería… ¡Qué extraños son los resquicios que me quedan de la vida! ¡Qué extraño placer sentí pretendiendo transformarla en alguien cauto, en una anciana, sobre todo cuando ahora echo en falta a la inocente exploradora, a la aventurera criatura que con mi insistencia he transformado en prudente. Le he enseñado lo que es el miedo, levemente, pero ya lo conoce. Ahora debería estar pletórico, al fin la asusté…»
Aunque sinceramente, las noches de silencio se llevaban mejor cuando vigilaba su morada temiendo una nueva intromisión, una ráfaga de perfume extraño. Al reinar tanta calma, solo sentía añoranza por ese leve periodo de tiempo emocionante, cuando divisó en estado de alerta, cuando aquella chiquilla estuvo a punto de descubrirlo todo.
Liev miró la luz de la ventana que salía de la casa de enfrente, y como si sus pensamientos hubieran alcanzado a Gabrielle, al instante comenzó la música. Admirado por el pequeño milagro que acababa de suceder, abrió la ventana para dejar que las notas le tocaran, intensas, profundas.
Era Liszt.
Cuando la canción cesó fue él quien caminó hasta su piano. Sentado frente a las teclas limpias tras la visita de Gabrielle, también parecía el instrumento echarla en falta. Conocerla le sentó bien a ambos. Inseguro, colocó sus dedeos sobre las teclas pero los retiró en el acto. Un día supo tocar el piano, pero esa noche no se atrevía a hacerlo de nuevo. No, no lo haría, ni esa ni ninguna otra. Si la pianista lo deseaba era suyo, algún día le confesaría que lo fue desde el primer momento.
«Puede que toque algo más» pensó. Al momento una idea peregrina le hizo sonreír: «¿Y si me asomo a su ventana? ¿Y si la veo tocar?».
En un pestañeo, Liev había abandonado su guarida siguiendo las notas extintas de un piano en silencio. Lo encontró vacío, pero ¿dónde se escondía la pianista?
Se impulsó subiendo a un árbol cercano desde el que pudo verla yaciente en su dormitorio, concentrada, escribiendo. Por un momento se preguntó si acaso fuera una carta para el monstruo de la casa de enfrente, desechando la triste idea: «¿Qué te inquieta exploradora? Tu madre ha vuelto, ¿por qué no sigues tocando? Hazlo para mí Gabrielle, toca para mí…»
Y como si la exploradora le hubiera escuchado se puso en pie para bajar al primer piso. Escondido en la oscuridad de una noche sin luna, Liev agradeció el cristal que le separaba de un bálsamo tan apetecible como ella, sentada al teclado con su pequeño camisoncito granate.


lunes, 13 de mayo de 2013

Regreso





Mamá volvió a casa. Después de tanto tiempo sus funciones vitales se había estabilizado y más o menos podía comenzar a defenderse por si misma. Había perdido ciertas capacidades pero lo más necesario volvía a estar en funcionamiento.

El reencuentro con su madre hizo que Gabrielle olvidara la mayor parte de sus problemas; llevaba muchos días sin saber nada de la casa de enfrente aunque se había sentido muchas veces tentada en volver a entrar. No había escuchado ni una sola nota de ese piano que le había costado tanto trabajo arreglar así que captó el mensaje. El habitante se había marchado y era muy evidente que no tenía ninguna gana de volver a saber de ella... la entristeció pero lo afrontó con madurez y decidió poner el practica el consejo que le dio Liev después de mucho renegar de ello; se acabó la tontería y los jueguecitos de niña, tantas nubes en la cabeza y tantos fantasmas absurdos.

Abrazó a su madre con toda su alma y sonrió tranquila mientras una pequeña lágrima resbalaba por su mejilla. Lo peor había pasado y se alegraba. Su padre la besó acto seguido.

- Voy a subir a mamá a la cama, ¿por qué no tocas un poco para ella?, echa de menos tu música, me lo ha dicho muchas veces. - sonrió con candidez y la mujer hizo lo mismo asintiendo. El habla y parte de la zona del recuerdo se había visto muy afectadas y aún no se habían recuperado bien, pero los médicos era muy positivos con su diagnóstico. Gabrielle se sentó al piano e interpretó Liszt para su madre; era su favorito.

Transcurrido un rato su padre bajó y la miró de una forma agridulce pero no dijo nada dejando que las notas de su hija se elevaran hasta el piso superior. Terminada la pieza, Gabrielle se levantó y sacó una copa que llenó de brandy para su padre.

- Papá... ¿qué pasa?

- Gabby, mamá no está demasiado bien. Ahora necesitamos ser fuertes por ella. Nos va a llevar mucho tiempo que se recupere, de hecho no me han asegurada que vaya a hacerlo. Esto te lo cuento para que te hagas a la idea, ya eres mayor para asumir cosas. Todo ha sido culpa mía... siempre ha sido todo culpa mía.

- No te preocupes papá. Todo acabará por pasar. - depositó un beso en la mejilla de su padre y subió a su habitación. Su madre ya dormía. Una vez allí sacó una pequeña libreta negra que le había regalado su prima hacía tiempo y con su boli favorito comenzó a escribir:

13 de Mayo

Mamá ha vuelto a casa... No esta recuperada del todo, pero con cariño y constancia sé que se recuperará y seguiremos adelante. Papá también está cambiado, todo este tiempo con ella ha debido servirle para pensar sobre todo lo que nos ha pasado y eso es muy positivo. Es posible que a partir de ahora mi familia tome un ritmo diferente de vida y ciertamente me alegro mucho.
He decidido centrarme en mis cosas; el piano, las clases, mi familia... Poco a poco se que el nombre de Liev desaparecerá de mi cabeza. Mi cuerpo parece necesitarlo como el beber, y aún no se a qué viene esa sensación cuando realmente no conozco de nada a esa persona, además... ya no importa, creo que se ha ido de la casa de enfrente. Todo esto ha distorsionado mi realidad de una forma que da hasta miedo, pero la verdad es que soy pianista; soy una buena pianista de una familia acomodada, esa es la realidad y no es nada difícil de asumir. Hoy he vuelto a..."

Dejó de escribir y se recostó sobre la cama dejando la libreta en el alféizar de la ventana, abierta por el calor. Sonrió al sentir a su padre abajo, muy contenta de volver a escuchar ruidos por la casa.

miércoles, 17 de abril de 2013

Pequeño inciso xDDDDDDD


A los seguidores de este misterio de la casa de enfrente:



Como sabréis, somos dos escribiendo en este blog. Bueno, pues una de nosotras está a punto de dar a conocer un pelotazo importante del que desvela parte en la entrevista que le han hecho para el blog Unpocodeinfo.
Os dejo el enlace por si os apetece echarle un ojo ;)


http://unpocodeinfo.blogspot.de/2013/04/entrevista-miriam-alonso.html


Tras el inciso, dejemos que Liev y Gabrielle sigan con su historia jejejje.

miércoles, 3 de abril de 2013

Segmentos





¿Qué no puedes dejar así, Gabrielle? ¿El piano?
Oh, sé que has vuelto a venir a casa, eres tan descuidada y desobediente cuando te lo propones que me enfermas de puro nervio: te avisé de que no lo hicieras, te insté a mantenerte viva, pero tú, rebelde bobalicona, pareces tener menos ansia por respirar que un pez fuera del líquido elemento.

Liev tomó aire, furioso, antes de continuar.

No quieres dejarlo así… Me intrigas e irritas a partes iguales. He dado por hecho que hablas del instrumento que tanto te atrae, ya que sé que no albergas el menor cariño hacia mi persona…

Escribió rasgando con fuerza el papel bajo la pluma. Antes de su encuentro habían tenido una cándida despedida, incluso habría perdonado que volvieran a verse después, en semejantes circunstancias. Liev la habría olvidado, quedando la historia incompleta y digna de un romántico facsímil del siglo XIX, pero no… con aquella nueva e inoportuna visita, recordó el motivo principal que forzó su encuentro: Gabrielle se aventuraba al peligro junto a un hombre de moral cuestionable… Gabrielle no sentía nada por el estúpido que sujetaba la pluma con fuerza, pensando cómo continuar la carta.

…y te lo agradezco, no podría encontrarte más insufrible. ¿No comprendes que nada puedes obtener con tu conducta? ¿No entiendes que mis consejos están enfocados a tu bienestar? Pues de acuerdo, no te daré uno más. Haz de tu vida cuanto te plazca pero por el amor de Dios, déjame tranquilo. No quiero sentirme responsable de ti, no quiero saber más de ti…

Releyó tres veces las últimas palabras que pensaba dedicarle. Supo cómo iban a ser recibidas por la exploradora, lo supo a la perfección, y acto seguido rompió en pedazos la carta que comenzó a escribir sobre la tapa del piano.
No podía hacerlo, no podría dársela aunque quisiera.
Confuso, se encerró aquella noche inundado por el aroma de La Exploradora.
El gélido viento hizo esparcirse los papeles por la sala del piano, quedando únicamente sobre él un segmento, éste rezaba:

“comprendes que nada puedes obtener con tu conducta? ¿No entiendes que mis consejos están enfocados a tu bienestar? Pues de acuerdo, no te daré uno más. Haz de tu vida cuanto te plazca pero por el amor de Dios,”