martes, 28 de mayo de 2013

Cuando se silencia la música



«Creo recordar que era algo común en un signo zodiacal, pero no puede aplicárseme porque nunca creí en ello. Solo creo en mí, en lo que he visto. En mi mundo de nada sirven los misticismos.
»He estado esperando que vuelva, es cierto. He deseado la desobediencia pueril de una niña, quizá más conscientemente de lo que me gusta reconocer, he esperado que regrese a mis brazos y se aterre teniéndome delante. Debería celebrar que no lo hizo, que finalmente escuchó mis consejos y se mantuvo a salvo, debería… ¡Qué extraños son los resquicios que me quedan de la vida! ¡Qué extraño placer sentí pretendiendo transformarla en alguien cauto, en una anciana, sobre todo cuando ahora echo en falta a la inocente exploradora, a la aventurera criatura que con mi insistencia he transformado en prudente. Le he enseñado lo que es el miedo, levemente, pero ya lo conoce. Ahora debería estar pletórico, al fin la asusté…»
Aunque sinceramente, las noches de silencio se llevaban mejor cuando vigilaba su morada temiendo una nueva intromisión, una ráfaga de perfume extraño. Al reinar tanta calma, solo sentía añoranza por ese leve periodo de tiempo emocionante, cuando divisó en estado de alerta, cuando aquella chiquilla estuvo a punto de descubrirlo todo.
Liev miró la luz de la ventana que salía de la casa de enfrente, y como si sus pensamientos hubieran alcanzado a Gabrielle, al instante comenzó la música. Admirado por el pequeño milagro que acababa de suceder, abrió la ventana para dejar que las notas le tocaran, intensas, profundas.
Era Liszt.
Cuando la canción cesó fue él quien caminó hasta su piano. Sentado frente a las teclas limpias tras la visita de Gabrielle, también parecía el instrumento echarla en falta. Conocerla le sentó bien a ambos. Inseguro, colocó sus dedeos sobre las teclas pero los retiró en el acto. Un día supo tocar el piano, pero esa noche no se atrevía a hacerlo de nuevo. No, no lo haría, ni esa ni ninguna otra. Si la pianista lo deseaba era suyo, algún día le confesaría que lo fue desde el primer momento.
«Puede que toque algo más» pensó. Al momento una idea peregrina le hizo sonreír: «¿Y si me asomo a su ventana? ¿Y si la veo tocar?».
En un pestañeo, Liev había abandonado su guarida siguiendo las notas extintas de un piano en silencio. Lo encontró vacío, pero ¿dónde se escondía la pianista?
Se impulsó subiendo a un árbol cercano desde el que pudo verla yaciente en su dormitorio, concentrada, escribiendo. Por un momento se preguntó si acaso fuera una carta para el monstruo de la casa de enfrente, desechando la triste idea: «¿Qué te inquieta exploradora? Tu madre ha vuelto, ¿por qué no sigues tocando? Hazlo para mí Gabrielle, toca para mí…»
Y como si la exploradora le hubiera escuchado se puso en pie para bajar al primer piso. Escondido en la oscuridad de una noche sin luna, Liev agradeció el cristal que le separaba de un bálsamo tan apetecible como ella, sentada al teclado con su pequeño camisoncito granate.


No hay comentarios:

Publicar un comentario