¿Qué no puedes dejar así, Gabrielle? ¿El piano?
Oh, sé que has vuelto a venir a casa, eres tan descuidada y desobediente cuando te lo propones que me enfermas de puro nervio: te avisé de que no lo hicieras, te insté a mantenerte viva, pero tú, rebelde bobalicona, pareces tener menos ansia por respirar que un pez fuera del líquido elemento.
Oh, sé que has vuelto a venir a casa, eres tan descuidada y desobediente cuando te lo propones que me enfermas de puro nervio: te avisé de que no lo hicieras, te insté a mantenerte viva, pero tú, rebelde bobalicona, pareces tener menos ansia por respirar que un pez fuera del líquido elemento.
Liev tomó aire, furioso, antes de continuar.
No quieres dejarlo así… Me intrigas e irritas a partes iguales. He dado por hecho que hablas del instrumento que tanto te atrae, ya que sé que no albergas el menor cariño hacia mi persona…
Escribió rasgando con fuerza el papel bajo la pluma. Antes de su encuentro habían tenido una cándida despedida, incluso habría perdonado que volvieran a verse después, en semejantes circunstancias. Liev la habría olvidado, quedando la historia incompleta y digna de un romántico facsímil del siglo XIX, pero no… con aquella nueva e inoportuna visita, recordó el motivo principal que forzó su encuentro: Gabrielle se aventuraba al peligro junto a un hombre de moral cuestionable… Gabrielle no sentía nada por el estúpido que sujetaba la pluma con fuerza, pensando cómo continuar la carta.
…y te lo agradezco, no podría encontrarte más insufrible. ¿No comprendes que nada puedes obtener con tu conducta? ¿No entiendes que mis consejos están enfocados a tu bienestar? Pues de acuerdo, no te daré uno más. Haz de tu vida cuanto te plazca pero por el amor de Dios, déjame tranquilo. No quiero sentirme responsable de ti, no quiero saber más de ti…
Releyó tres veces las últimas palabras que pensaba dedicarle. Supo cómo iban a ser recibidas por la exploradora, lo supo a la perfección, y acto seguido rompió en pedazos la carta que comenzó a escribir sobre la tapa del piano.
No podía hacerlo, no podría dársela aunque quisiera.
Confuso, se encerró aquella noche inundado por el aroma de La Exploradora.
El gélido viento hizo esparcirse los papeles por la sala del piano, quedando únicamente sobre él un segmento, éste rezaba:
“comprendes que nada puedes obtener con tu conducta? ¿No entiendes que mis consejos están enfocados a tu bienestar? Pues de acuerdo, no te daré uno más. Haz de tu vida cuanto te plazca pero por el amor de Dios,”

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