lunes, 10 de junio de 2013

Madness




Y entonces Liev se volvió loco. Su aroma estaba por todas partes, la cama que él jamás se atrevió a utilizar; revuelta, la huella de sus labios en el maniquí, todo de nuevo vívidamente… por eso perdió el juicio. Destrozó la figura de cartón a golpes, lleno de envidia, pero viendo que que así no se aplacaba el instinto abandonó su guarida por la puerta principal, dejándola abierta para dirigirse directo a aquella ventana donde sabía que la encontraría, tenía que estar allí… y no se equivocaba. Gabrielle tendida en la cama, boca abajo, con las piernas cruzadas en el aire escribía, al parecer se divertía concentrándose en un pequeño cuaderno oscuro… Bien, era el momento de que todos rieran, no solo ella. Tampoco es buen momento para la literatura, pensó encaramándose a la ventana.
No le dio tiempo a gritar, hablar ni moverse, porque antes de todo eso Liev ya le tapaba la boca.

–Vas a venir conmigo –exigió notando que su cuerpo se contoneaba resistiéndose–. Vas a venir conmigo –repitió llevándola a la fuerza hasta la ventana por donde, de un salto, llegaron al suelo, y de ahí a la misteriosa casa de enfrente para desaparecer en su interior tras un fuerte portazo.

¿Le había gustado la habitación del segundo piso? Pues bien, no era allí donde la llevaba; era al sótano, a la oscuridad. Cuando le quitó las manos de encima y ella, contemplando su expresión, hizo un amago por escapar, aún se excitó más.

–No, hoy no te dejaré marchar –dijo acorralándola contra la pared.
–Liev yo…
–¡Cállate!
–Pero…

Se lo advirtió, le pidió que callara, de modo que no tendría reparos a la hora de amordazarla. Ató sus manos después de volverla muda ayudándose de un pañuelo. Este ahogó sus quejas, sus réplicas, si es que aquellos gemidos incomprensibles lo eran, y una vez la tuvo así, frente a él, se sintió más poderoso que en mucho tiempo, más fuerte que en siglos.

De un tirón hizo que cayera al burdo lugar que él utilizaba para dormir, pero sus fuerzas, su ansia tiró por él; Gabrielle acabó prácticamente cayendo del colchón ajado, su melena colgaba enmarañada hacia el suelo mientras Liev disfrutaba con la imagen de su trasero tenso ante la proximidad del golpe.
Hizo que se enderezara agarrándole del brazo, quedando sentado a horcajadas sobre ella. Le sujetó las manos con fuerza.

–¿Esto es lo que querías? –preguntó gutural. Sus ojos habían cambiado de color dominados por el instinto, y también por el calor que emanaba el cuerpo de la exploradora, inflamándole más a cada segundo–. Responde ¿es esto? –insistió. Los ojos de la chica brillaban, no sabía bien por qué, pero lo hacían, hablaban mientras ella no emitía sonido alguno–. ¡RESPONDE! –gritó a escasos centímetros de su boca. La lengua de Liev rozó su mejilla como si fuera una sierpe y ella la presa a devorar hasta el último aliento. También como un reptil su mano fría alcanzó un pecho para apretarlo con fuerza hasta la gloria: un gemido.

Liev volvió el rostro hacia ella, que le miraba silenciada por la mordaza. Entonces y solo entonces, sintiendo la sangre fluir virulenta, escaló sus con sus dedos para liberarla echando el pañuelo abajo, notando los dientes de Gabrielle entre sus labios doloridos.

–Sí –dijo ella. 

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