jueves, 24 de enero de 2013
Fantasmas
Llovía muchísimo y Gabrielle miraba por la ventana, contemplando la casa de en frente con una dulce melancolía que la invadía desde hacía muchas horas, desde que había leído la carta de Liev, la curiosa carta fría y objetiva, como acostumbraba. No le había contado si le gustaba la música o no, sólo le hablaba desde la voz en Off de un padre cualquiera. Las notas de esta conversación le había entristecido. Soñó las manos cálidas de su misterioso fantasma cayendo sobre sus hombros, acariciándola con mucha suavidad mientras ella miraba la lluvia. Nunca había dejado que nadie la tocara de esa forma, pero él era tan diferente...
- Liev... - miró el reloj de pared, eran más de la una y media de la mañana. Hacía más de medio mes que su madre estaba hospitalizada, los daños cerebrales habían sido acuciantes pero no mortales, suponía que no volvería a casa hasta dentro de bastante tiempo y con su padre hacía mucho que no se cruzaba de igual modo; fantasmas todos y ella no podía pensar en nada más que en él.- ¡Qué silencio...!
Había comenzado una composición en el piano, y era solo para él pero ése sería su secreto por el momento. Subió a su escritorio y sacó su nuevo blog de cartas. Se había comprado dos idénticos; color beige con un precioso piano impreso en el fondo de un decorado lleno de partituras. Comenzó a escribir un poco soñolienta:
"Buenas noches Liev:
¿Por qué me pregunta eso; importa en quién quiero convertirme cuando realmente no se a dónde me lleva la barcarola de mi vida? Bueno, por complacerle le diré que siempre he soñado con llegar a ser un pájaro, una nota musical, como es algo bastante imposible es lógico que acabe siendo una profesora de alguna entidad musical y tras el mordisco del mundo lo que realmente seré es una muerta de hambre porque mi padre jamás de considerará heredera hasta que no acceda a convertirme en una esclava de las finanzas, predicando con su ejemplo.
No me ha dicho si le gusta la música. Parece una pregunta estúpida pero usted se ha convertido en un punto de referencia muy agradable en mi vida y me gustaría unirle a mi única pasión verdadera y más cuando se considera mi amigo tan explícitamente; me alegra que pensara así.
Voy a cambiar su buen consejo por un pequeño presente, se que no es mucho, pero es un pequeño retazo de mi persona..."
Dejó de escribir mirando el blog que pensaba regalar a la casa mordiéndose su carnoso labio inferior. Era una bobada, una niñería por su parte... no la importaba demasiado. Continuó escribiendo:
"Usted piensa que carece de importancia el haberme puesto rostro, pero para mi es una bonita forma de demostrarme la seriedad de sus intenciones. Es de agradecer. Esta noche, con su beneplácito, tocaré en su honor, arrullaré su sueño si lo desea o maldeciré sus pesadillas. ¿Puedo pregutarle por qué trato de cambiar el mundo una vez? Usted parece una persona que guarda mucho dolor y aunque nuestro sea, a veces, no está de más comentarlo. Ya me ve... yo no dejo de hacerlo, aunque no sea tan directa como debiera ser...
P.D.: ¿No le complacen las armas de doble filo?
Gabrielle."
Volvió a perfumar la carta con delicadeza. Tomó la libreta y salió de casa en dirección a su mágico vecino invisible. Hoy volvió a entrar en la casa pese a la prohibición del habitante por dos motivos: el blog no entraba por la rendija del correo y si lo dejaba fuera se empaparía por la lluvia. Lo dejó todo en la entrada, pero ya de estar dentro paseó por la casa en busca de un piano, la primera vez que entró en el lugar le pareció verlo de refilón en una sala cercana al salón. Entreabrió la puerta y efectivamente, allí estaba lleno de polvo, completamente abandonado... negro, con un grabado en la tapa superior. Miró en ambas direcciones y sintió un escalofrío, como si la observaran, así que decidió no llegar más lejos, a pesar de desear con todas sus fuerzas comprobar si todas las teclas estaban en su sitio.
Regresó a su fría y oscura casa. Encendió la chimenea y se adormeció mientras leía tapada con una manta en el sofá del salón, pensando solo en poder afinar aquel maravilloso descubrimiento. Sonrió cayendo en brazos de Morfeo olvidándose de tocar por completo.
martes, 22 de enero de 2013
El arma de doble filo
El despertar fue como no recordaba en muchísimo tiempo. Su excitación podía observarse fácilmente, ya no sólo en los sueños que había experimentado, también su cuerpo mostraba signos inequívocos de la trampa que el subconsciente le tendía aquella noche.
Liev pasó una mano a lo largo de la melena castaña contemplándose en el reflejo del cristal que colgaba, peligrosamente roto, en la ventana más próxima a casa de Gabrielle. Incluso estando lleno de polvo podía ver reflejados sus ojos, que tantos problemas le habían ocasionado antaño por ser sumamente reconocibles: uno verde, otro azul… Si no fuera por la habilidad innata de que disponía para recorrer las sombras y todos aquellos parajes donde nadie, ni siquiera los seres más retorcidos habían osado entrar, habría muerto indudablemente mucho antes. Pero Gabrielle no temía sus ojos, allí seguía, contemplándole al despertar.
–¿Eres real? –Preguntó al reflejo de la chica tres metros por detrás, en el cristal–. ¿Estás ahí?
–¿Quieres que esté? –Se interesó la voz que había imaginado para ella.
–Sí, esta noche sí…
–No me dejaré, sabes que no estoy a tu alcance.
–Es mejor que no lo estés, pero me gustaría tanto…
–No digas estupideces –aseveró Gabrielle sonriendo malévola–. Nunca volveré a ésta casa, así me lo ordenaste...
–Las normas sólo viven para morir –confesó lujurioso aproximándose despacio a ella, que seguía dispuesta, al alcance de sus manos...
«¡YA BASTA!» se reprendió dejando de lado la ventana, para regresar al mundo real.
Le costaba tantísimo trabajo estar sereno. ¿Qué ocurría? ¿Por qué ese comportamiento temperamental y lamentable? ¿Qué había de su imperturbabilidad?...
Era todo… era todo culpa de su olor, de nuevo, por todas partes.
Caminó a zancadas hasta la puerta. ¡Otro sobre! Lo leyó conteniendo la lascivia que le acosaba desde el despertar, devorando las líneas que su exploradora dedicaba con visible esfuerzo por mejorar la caligrafía.
Una vez terminada la lectura inhaló el papel; estaba convencido de que lo perfumaba completamente a propósito, malévola… Bien… Él también sabía jugar fuerte.
Querida Gabrielle,
puedes tutearme, no temas, yo te tuteo. Voy a contarte algo que no debería, pero me parece justo compartir un poco de información contigo ¿verdad? Es lo más apropiado.
Me resulta curioso saber que poseo rostro, ya que yo también tengo uno para ti. Te imagino de rasgos ovalados y ojos grandes, pestañas que pueden rozar el cielo cuando ríes y quizá ser acunadas cuando lloras. Tu cuello es pálido y flexible, tu melena oscura, seguramente rodeará tu cintura con mimo, como lo harían mis manos antes de dejarte caer sobre el lecho que te guardo celosamente. Tus labios…
puedes tutearme, no temas, yo te tuteo. Voy a contarte algo que no debería, pero me parece justo compartir un poco de información contigo ¿verdad? Es lo más apropiado.
Me resulta curioso saber que poseo rostro, ya que yo también tengo uno para ti. Te imagino de rasgos ovalados y ojos grandes, pestañas que pueden rozar el cielo cuando ríes y quizá ser acunadas cuando lloras. Tu cuello es pálido y flexible, tu melena oscura, seguramente rodeará tu cintura con mimo, como lo harían mis manos antes de dejarte caer sobre el lecho que te guardo celosamente. Tus labios…
«Estás loco, Liev. Te has vuelto loco, maldito desgraciado…»
Rompió la carta que estaba escribiendo para comenzar una nueva empleando la penúltima página que le quedaba en blanco.
Estimada exploradora:
Me complace saber que ya tengo rostro, te comunicaré asimismo que también he decidido ponerte uno, claro que esto no tiene la menor importancia.
Tu dolor es tuyo, cierto, ten a bien recibir el sincero consejo de un amigo: el dolor es lo único que tenemos, da igual de qué condición seamos. Aún así, me alegra más de lo que piensas saber que no eres tan infeliz como pensaba.
Respecto al mundo, sepa usted señorita que es así. Yo intenté cambiarlo y no pude. No pretendo arrojar un jarro de agua fría a tus buenas intenciones, pero las personas no cambian con facilidad y siempre, siempre, miran por sí mismas. La gratitud y el agradecimiento sólo son fórmulas que se utilizan cuando no se tiene el valor necesario de reprochar con furia la tardanza de un encargo. No son sentimientos sinceros, no los esperes de nadie.
También me alegra saber que hace mucho no te ocurre nada destacable, ¿pueda ser una buena señal? ¿Puedo interpretar que tu mundo se reconstruye?
Te haré una confidencia: hace muchos años, cuando empecé a tomar conciencia de mí mismo y mi situación, comencé una nueva vida con la premisa de que iba a ser la mejor de todas. Lo fue hasta el momento en que olvidé quién era, olvidé mi destino… El tiempo me lo está haciendo pagar.
Por eso trabaja por y para ti Gabrielle, nadie va a regalarte nada. No cuentes con que tu felicidad sea responsabilidad ni de tus progenitores ni de tu pareja, eso es una ilusión: sólo tú eres dueña de tu suerte. Cuanto antes te hagas a la idea, antes dejarás de sufrir y serás quien quieras ser.
Esta reflexión me conduce a otra pregunta que ronda mi cabeza unos días: ¿quién quieres ser? ¿qué piensas que te depara el destino? ¿Cuáles son tus ilusiones? Cuéntame cómo has pensado que serán los años venideros, puede ser divertido para ambos.
Saludos, exploradora.
Liev
Tu perfume es un arma de doble filo, úsalo con prudencia.
Escribió antes de dejar el sobre en la ventana.
domingo, 13 de enero de 2013
La Cuarta Carta
Gabrielle leyó ensimismada la carta que había encontrado en la ventana y sintió más deseos, si caben, de saber quién demonios estaba en aquel lugar destartalado y por qué había decidido mantener aquella extraña correspondencia, la verdad es que animaba bastante su monótono día a día. Se sentó en su escritorio esta vez para procurar tener la mejor letra posible. Le daba igual como fuera aquel hombre, lo único que le importaba era lo que su fructífera imaginación le dictaba; era guapo, por supuesto, moreno, quizás con una bonita media melena brillante y con los ojos verdes, muy verdes... tan verdes como la esperanza misma. Físicamente no le ponía ningún cuerpo en concreto pero su piel era nacarada como el mármol y su sonrisa debía de iluminar las estrellas aunque por la correspondencia habida no tenía mucha pinta de sonreír con frecuencia... en eso seguro que se parecían.
" Hola Liev:
Le agradezco que me haya dado un nombre al que dirigirme. Realmente no me importa como se llame de verdad, no me gusta ser indiscreta con las personas, solo quería poder ponerle sonido al rostro que he creado para usted.
Es muy generoso por su parte querer escucharme por medio de esta extraña correspondencia y con gusto contestaré a sus preguntas aunque solo en parte; mi dolor es mio y no es grato de compartir. No soy tan infeliz como pudiera expresar en mis ridículas misivas... ciertamente me encanta exagerar todas las situaciones, como en un crecendo constante, pero si es cierto que no soy dada a comunicarme con el mundo, que como usted bien sabrá, es horrible, tenebroso y cargado de gente a la que solo le importa una cosa... ellas mismas.
No buscaba nada en nadie cuando escribí la primera carta, solo quería desahogarme un poco. No tengo mucho tiempo para salir a correr y no me gusta romper objetos contra el suelo así que simplemente me deje llevar por la esperanza de su hogar... una torre de marfil, me imagino que ya comprende donde quiero llegar. Claro está que lo último que me esperaba era una respuesta, pero llega en tan buen momento para mis ánimos como su nombre, Liev.
Prescindiré, con su permiso de hablar de mi madre. Imagino que se recuperará pronto.
En cuanto a sus condiciones; me parecen razonables, le repito que si llego a saber que alguien habitaba ese lugar jamás habría entrado. Le pido mil disculpas una vez más.
No puedo imaginarme como ha sido su vida, pero si lo desea, me entrego como su firme confidente al igual que usted es el mío. Nada puede ser tan malo como para no perdonárselo a lo largo de los años, supongo. Yo utilizo el piano para expiar mi culpa así que si usted no tiene nada con que hacerlo aquí me tiene, tal vez pueda expiar culpa por los dos.
No quiero robarle más tiempo, hace mucho que no me pasa nada... supongo que por eso mismo escribí la primera vez; sola con mi casa y con mis padres... sola en mi gran mansión, sola con mi piano y en definitiva sola. Sin nada más que la música que poco a poco me va volviendo loca y, para más inri, me dejo consumir porque me encanta. Se que no le gusta que le pregunte pero...¿ a usted le gusta la música?
Me despido con mi más sincero agradecimiento por toda su preocupación.
Gabrielle"
Depositó la carta donde lo había echo la última vez, envuelta nuevamente por su perfume favorito y con tiento miró un poco a través de la ventana. Quizás fuera mejor así, tal vez sería más prudente no aventurarse a saber más de aquella casa y mantener una correspondencia con un locuaz caballero que nunca se descubriría a sus ojos pero... tenía tanta curiosidad. Parecía mentira pero esa curiosidad la estaba manteniendo más viva y despierta que nunca justo ahora que su casa se sumía en el caos más absoluto. Antes de dejar el sobre esta vez lo beso con la esperanza de que su interlocutor supiera lo importante que le parecía todo ese "juego" que se habían montado.
Volvió a su casa y toco, tocó hasta casi las dos de la mañana sin perder de vista la oxidada alambrada que rodeaba la casa.
martes, 8 de enero de 2013
La exploradora
El perfume le despertó.
En ocasiones le gustaría no tener el sentido del olfato tan
desarrollado. Instintivamente subió a la planta baja y comenzó a
rastrearlo. Paseó por el jardín, apartó unas cuantas ramas, entró
nuevamente en la casa e hizo lo propio por el salón. No había
ningún sobre, pero alguien había estado allí.
Pasó junto a la puerta
mientras se dirigía a lo que en su día fue la cocina cuando vio un
papel blanco en la antigua canastilla del correo.
Sonrió: estaba viva.
Hinchó sus pulmones de
aire fresco que se mezcló directamente con el perfume destilado por
la carta. No había entrado ésta vez, sino que había utilizado el
buzón. Comenzaba a gustarle el giro que estaban dando los
acontecimientos. Tomando el sobre subió al tercer piso, el lugar
desde el que miraba al exterior cómodamente y se asomó para ver la
casa de la chica: no había luz.
La que se filtraba por
la pequeña ventana del ático era suficiente para que pudiera leer
hasta el final la nota de su particular exploradora.
De modo que fue su madre
quien sufrió el accidente... Lamentaba haberle molestado con sus
chiquilladas, y... ¡ah! ¡muchachita engreída! Se creía con
derecho a preguntar quién le contestaba...
«De
acuerdo -se dijo sonriendo- pasaremos un buen rato...».
Regresó a la planta
baja para tomar papel y pluma. Sentado ésta vez en el patio interior
donde la luz le alcanzaba directamente, escribió una carta para
ella:
Me alegra saber,
querida Gabrielle, que el incidente no tuvo que ver contigo. Espero y
deseo que tu madre se recupere pronto. ¿Qué ha sido? ¿Se ha
cortado las venas? No me tengas por adivino, es sólo que en mis
constantes paseos les he odio discutir y a sabiendas de la letal
atracción que sentís las mujeres por las cuchillas, utilicé mi
poder de deducción.
Acepto tus disculpas
y acepto mantener ésta extraña correspondencia porque comienzo a
encontrarle cierto divertimento, mas he de advertirte de mis
condiciones, a saber:
-Jamás entrarás en
ésta casa de nuevo.
-Jamás contarás a
nadie que te comunicas conmigo.
-No quiero que
vuelvas a hacer ninguna pregunta como las que has hecho sobre mí.
¿Cómo osas
preguntar quién soy o dónde vivo? Es por cosas como estas por las
que no debería estar respondiendo tu carta, sino quemándola en un
pequeño fuego que calentara mi piel. No pienso responder a ése tipo
de cuestiones. Fuiste tú la que comenzó con esto, infame
exploradora, de modo que no tienes derecho a hacerlo.
Siéntete libre para
continuar dejando tus notas en el buzón si te place, pero no esperes
respuesta, tenlo presente. He de decir que si crees tu vida
complicada, no puedes siquiera imaginar cómo es la mía.
Pero no hablemos de
eso, volvamos a los asuntos que nos atañen: esas pequeñas cosas
desagradables que deseas compartir con un confesor. ¿Todavía eres
tan desgraciada como eras en la primera carta? ¿Qué le ocurre a los
tiempos? ¿Por qué has buscado aquí lo que deberías obtener en un
amigo, un familiar o el ser amado? ¿Estás enferma? ¿Acaso eres una
apestada, Gabrielle? Tu perfume es embriagador mas... ¿te ocurre
algo malo que impida a los demás acercarse?
Es todo un misterio
para mí que una muchacha joven tal cual te imagino, con una vida
cómoda, con un hogar bello y con un piano que la escucha, encuentre
en su vida un vacío tan grande, una tristeza como la que planteaste.
Comprenderás la intriga que me genera el asunto...
Liev
Sólo te daré un
nombre, mas no el auténtico.
Dejó el sobre en el
mismo lugar que el anterior, pero ésta vez garabateó unas palabras
antes de abandonarlo:
"Léase por La
Exploradora".
miércoles, 2 de enero de 2013
La tercera carta
Gabrielle descubrió el sobre un par de días después del accidente. Se sorprendió ante su visión ya que no parecía ser nada de publicidad... Lo tomó en sus manos con cuidado y percibió que se había mojado ligeramente por la lluvia acaecida la noche anterior pero no parecía estar estropeado.
Lo subió a su habitación, a pesar de estar sola en casa, para leerla con más tranquilidad. Se recostó en la cama y lo abrió. Tras la lectura se quedó sin habla; parecía que esto iba en serio. Alguien se preocupaba por ella y ese alguien vivía en la casa abandonada. Tomó papel y boli y comenzó a redactar la que sería su tercera misiva.
" Querido nadie;
Agradezco su preocupación, pero estoy bien. Mi madre ha tenido un pequeño accidente, saldrá del hospital en pocos días.
Perdone mi atrevimiento pero lo cierto es que comencé este pequeño juego sin imaginar jamás que pudieran llegar a contestarme. Siento mucho haber entrado en su casa sin permiso, pero el aspecto que ofrece es de abandono absoluto. Usted ya sabe más cosas de mí de las que me gustaría y seguramente me tomará por una niñata sin más, aunque insisto que nunca creí que esto fuera posible.
Lamento enormemente haberle molestado con mis absurdas intimidades, ha sido un placer tener sus valiosas misivas en mis manos..." Paró un momento y miró hacia la casa.
- ¿Pero que demonios estoy haciendo?, ¿ y si fuera un pervertido o un asesino... o cualquier cosa...? - se le humedecieron los ojos. Fuera quien fuera, era la persona que más le había escuchado y preocupado por sus cosas en toda su vida sin interés aparente así que se infló de valor sin pensar en nada más que en ella misma y continuó escribiendo.
" Nunca he querido preocupar a nadie con mis pequeños asuntos pero es agradable tener un oído confesor en los tiempos que corren. Si me permite el atrevimiento... ¿quién es usted?, ¿por qué habita un edificio que parece que dentro de poco podía venirse abajo? ". Cayó en la cuenta de que estaba dando muchas cosas por sentado y tal vez solo fuera algún bohemio al que le gustaba ese lugar para inspirarse, pero realmente no vivía ahí, pero le divertía pensar que realmente tenía un vecino misterioso que nunca salía de casa. Continuó escribiendo.
"No voy a alargarme más. Es un placer para mí conocerle. Un saludo muy grande. Gabrielle."
Pesó en la primera carta; había firmado L.
- Tal vez Luis.... o Leonardo.... Lestat....- miró el libro de Anne Rice sobre su mesita y rió sacudiendo la cabeza por lo absurdo que resultaba todo, si su padre se enteraba de esto...
Bajó y depositó la carta en el buzón de la puerta, esta vez sin entrar y en pleno día. No había nadie en su calle así que no importaba demasiado que alguien la viera meter algo por la rendija de la puerta , ya que estaba abierta y cualquiera podría entrar sin mayor complicación. Le había puesto su perfume favorito: Chloé de Michel Almairac, uno de los caprichos que nunca dejaría de permitirse y volvió a casa. Hoy no la apetecía tocar el piano. Se puso a leer un rato antes de hacerse algo de cenar.
jueves, 27 de diciembre de 2012
Un sobre en la ventana
Su aroma emanaba de allí,
precisamente de la casa que había al otro lado de la calle. Durante
un par de noches, aquellas donde la luna acompañaba, se dedicó a
rastrearla confuso al encontrar sus reminiscencias por todas partes.
«¡Obviamente!»
pensaba sintiéndose el mayor de los estúpidos. Por supuesto algo de
ella flotaba a cada esquina, ¡estaba irrisoriamente próxima!
Todo aquello se le
estaba yendo de las manos y eso no podía ser beneficioso ni para él,
ni para la casa, ni para ella, ni para nadie.
La muchacha continuaba
dejándole cartas, cartas que parecían volverse más tristes por
momentos, más agónicas. La que sostenía entre las manos fue la
última que encontró, la que pisó unas cuantas noches atrás y que
había tomado la determinación de no responder. Tenía que zanjar el
asunto antes de exponerse a más peligro del que ya se estaba
sometiendo. Posiblemente la chica estaría confusa. Por la tristeza
que emanaba cada trazo podía estimar que necesitaba un amigo, algún
contacto, algo que la hiciera despertar de aquel sueño enfermizo al
que sólo estaban destinados los seres como él, merecedores de
castigo.
Y a pesar de todo no
podía menospreciar sus palabras, menos cuando las tenía en mente
cada jornada, con cada puesta de sol, hora tras hora. Cierto que
aquellos sobres eran lo único interesante que le ocurría desde
hacía casi un siglo, pero era tan tentador saber más de ella como
peligroso. No debía hacerlo, no debía responder a aquella carta:
así terminaría la historia. La muchacha acabaría agotada de hablar
a unos cuantos muebles apolillados y cristales rotos...
Pero aquella noche
ocurrió algo que le hizo cambiar de idea. Era tarde, merodeaba por
el primer piso, acababa de despertar y de pronto un sonido punzante,
molesto y demasiado próximo se apoderó de sus dominios acompañado
por luces rotativas. Como acostumbraba, subió hasta la bohardilla
del tercer piso para asomarse al mundo desde allí, entre los huecos
de unos tablones mohosos, donde nadie podía verle.
No le gustaban las
ambulancias. Pensó que acudía en auxilio de algún pobre y
alcoholizado diablo hediondo, caído preso de la congelación en
alguna esquina, pero su sorpresa fue máxima al descubrir que el
equipo médico detenía su monstrua sirena en la casa de en frente.
Al instante pensó en
Gabrielle, en su tristeza, en la desesperación que había extraído
de sus palabras. Pensó en cuchillas, en boga entre los jóvenes de
su tiempo y los de antaño. Imaginó un cuerpo de rostro borroso
desangrándose con las manos colgantes a ambos lados. Recordó a
Chloé muerta y gélida en el centro del charco de sangre de su
habitación en París...
No podía estar
sucediendo de nuevo. No podía haber tenido la oportunidad de
salvarla y haberse negado a hacerlo.
Bajó al primer piso
apresurado buscando en su secretaire la tinta y la pluma que
guardaba celosamente. Las sacó del diminuto cajón para tomarlas
sobre los restos todavía firmes del mueble, y acto seguido se puso a
escribir. Por primera vez deseó que la chica no le dejara tranquilo,
que al menos tuviera la oportunidad de saber si continuaba con vida o
no.
Antes del amanecer dejó
un pequeño sobre blanco enganchado a la ventana de la planta baja.
Si Gabrielle seguía con
vida lo vería.
Si todavía tenía
pulso, lo vería.
jueves, 20 de diciembre de 2012
Locura
Ocurrió lo inevitable. Después de varias tentativas de divorcio, de no ser feliz en ningún sitio, de estar harta de tener que guardar las apariencias de ante un marido que no la respetaba, una hija ya independiente que a penas le hablaba y todo el lujo que nadie podría soñar... ocurrió; Cristina perdió la cordura y trató de suicidarse dentro de su coche tras llegar de trabajar, encontrándose a su marido dentro del garaje explicándole a su nueva secretaria lo que escondía la bragueta de su pantalón.
Fue Gabrielle quien encontró a su madre y llamó a la ambulancia. Había estado abstraída toda la tarde por el piano recordando la segunda carta que había pensado mandarle a la misteriosa casa que la contestaba... ¡Que tonta había sido!
Los servicios no tardaron mucho en llegar y afortunadamente lograron reanimar a la madre de Gabrielle. Ella quiso ir al hospital pero los enfermeros le aconsejaron que se quedara en casa, ya que allí nada podría hacer por ella, que la llamarían cuando estuviera mejor. El padre se precipitó desde el interior de la casa para pedir también que le dejaran ir. No se había dado cuenta de lo que sucedía hasta que oyó la ambulancia frente a la casa. Los enfermeros le concedieron la petición y con un suspiro Gabrielle vio alejarse el vehículo y se metió en casa.
¿Cómo había ocurrido todo esto?, ¿cómo era posible que su madre hubiera llegado tan lejos como para hacer algo así...?, ¿acaso había límites de la desesperación en su familia tan enormes? Era obvio que sí y se asustó pensando en que ella podría ser la siguiente que perdiera la cabeza de ese modo.
Miró a la casa de enfrente desde la ventana del saló y volvió a sentarse al piano. No podía echarle la culpa de lo sucedido, él solo la había abstraído, como cada tarde... Volvió a posar las manos para tocar Chopín y más grandes románticos; últimamente parecía que era lo único que sabía interpretar... ¿le estaría ganando la batalla la tristeza?
Recordó la segunda carta nuevamente tratando de alejar de su mente la imagen de su madre dentro del coche, iba a ser algo muy difícil de borrar. Recordó las palabras dulces: " Ojalá pudiera llevarme, ojalá pudiera irme contigo, ojalá pudiera vivir en tu interior y que nadie pudiera encontrarme nunca..."
Tambien recordó las palabras duras: " No se que es eso que llaman amor porque no me han educado en esa doctrina y estoy cansada de que todo el mundo sea feliz y sonriente, más cuando se acerca la Navidad. Me sobran cosas en este mundo Querida Casa..." Por último, llegando a più mosso sobre las teclas recordó la última frase y la replanteó pensando que no era mentira lo que había dicho, pero tampoco podría decir que fuera del todo cierto: " No me da miedo la muerte porque no puede asustarte lo que es parte de la vida, solo tengo miedo a desaparecer en el recuerdo del Olvido..." Suspiró mientras concluía el tema y volvió a mirar por la ventana mientras cerraba la tapa y se iba a la cama cogiendo el teléfono para llevarlo a su mesita de noche.
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