Llegó
puntual y la academia parecía vacía. Se llamaba A.J.P., academia de
jóvenes prodigio, El acorde escarlata. Le parecía un buen nombre,
la sinestesia había sido un tema que siempre le había fascinado
pero por desgracia nunca había conocido a nadie con semejante don,
quizás entre los niños de la academia se encontraría alguno.
Cinco
minutos después de estar esperando, un hombre maduro de pelo cano le
abrió la puerta con una agradable sonrisa.
-
Buenos días Señorita Gabrielle... disculpe, he olvidado su apellido.
-
Vazquéz Dulac. - Sonrió con dulzura al hombre correspondiéndole
con cordialidad.
-
Bonitos apellidos, ¿madre francesa?.- Ella asintió.
Se
dirigió por los pasillos en dirección al despacho del director del
centro. Recordaba demasiado bien a sus directores y ciertamente no le
apetecía nada de nada encontrarse con un Don Olegario, o un Don
Julio... pero hizo de tripas corazón y continuó avanzando sin decir
una palabra más. El caballero que había revelado llamarse Ángel la
hizo pasar a la sala vacía. Le contó que el llevaba mas de treinta
años dando clase en esa academia y que estaba muy contento, y que
cuando la directiva cambio y le ofrecieron el puesto el rehusó porque
el director actual era un hombre muy agradable,educado e inteligente, así que no debía estar
nerviosa. Le tranquilizaron mucho esas palabras.
-
Bueno, yo debo dejarte, que tengo cosas que preparar. Espero verte
por aquí el lunes a primera hora.- Le guiñó un ojo y la dejó
sola. Ella aprovechó para echarle un vistazo al sitio. El despacho
estaba muy ordenado y decorado con sencillez pero buen gusto, la
verdad es que parecía un sitio agradable por lo poco que había
visto, lo curioso era que no se oía a nadie estar estudiando, lo
cual era un poco raro para ser un jueves.
La
puerta se abrió y entro un hombre alto con rapidez y se colocó
frente a ella tendiéndole la mano. En el momento en el que los ojos
de Gabrielle se posaron sobre los de él se le heló la
sangre en las venas y sintió como una pequeña gota de sudor aparecía
en su nuca para deslizarse por todo el hueco de su espalda. Tenía ganas de llorar y de reír en un segundo. En ese instante descubrió
por qué se le llamaba flechazo a esas sensación; una punzada casi
de dolor le atravesaba el corazón mientras aquel desconocido le
estrechaba la mano con firmeza.
-
Le pido mil perdones por mi mala educación, no era mi intención
retrasarme, pero desde que ha empezado el día he tenido una mañana
de locos.- Sonrió. A Gabrielle le costaba hasta respirar. Era un
adonis tallado, era increíblemente perfecto, una escultura envuelta
en un traje negro de raya italiana. Se peinaba hacia atrás su
abundante pelo castaño, y sus ojos, más azules que el cielo, la
miraban con firmeza... había algo muy seductor en el hombre. Parecía
un ángel pero su mirada resultaba agresiva; un lobo con piel de
cordero, no le cabía duda alguna.- Me llamo James Hudsson. Tome
asiento, por favor.
No
era latino, norteamericano quizás. No la importaba demasiado. Sintió otra punzada en el pecho, pero esto no fue producto de ningún
flechazo.
-
¿Se encuentra usted bien?
-
Claro, perdone. Hace poco que salí de una larga hospitalización y a veces me sucede.- sonrió cordial.
-
Hábleme de usted, Señorita Vazquéz. Tiene usted un currículum
impresionante y me gustaría saber que experiencia tiene con los
niños.
Gabrielle
contestó con sinceridad a todas las preguntas que fue formulándole
aquel joven director. Demostró tener un alto nivel de
conocimientos y estaba muy comprometido con su escuela, sobre todo con sus niños.
-
Bueno Señorita Vazquéz, tengo que darle la bienvenida a nuestra
pequeña familia de psicópatas, es un verdadero placer poder contar
con su talento. Dejaré todos los papeles arreglados para que nuestra
secretaria le tenga el contrato preparado con la mayor brevedad
posible.- Gabrielle asintió levantándose y retomando el contacto
físico con aquel ser maravillosamente envolvente pero otra punzada
en el corazón la hizo retroceder enseguida.
-
No tiene muy buena cara, ¿quiere que la acerque hasta su casa?
-
No será necesario, no se preocupe. ¿A qué hora vengo el lunes?
-
A las ocho abrimos la academia pero los estudiantes no llegan a su
clase hasta las diez de la mañana, organícese como mejor le
convenga.- Gabrielle asintió y sonriendo se marchó dándole las
gracias una vez más.
Llegó
a casa y puso agua a hervir para preparar algo de pasta. Sus padres
no se encontraba allí. Tal vez ahora podría conseguir una de sus
mayores metas; independizarse con su propio dinero. Pensó en James
durante toda la tarde sin saber muy bien porque cada vez que sus
labios iban a encontrarse en su ensoñación el recurrente pinchazo
la torturaba hasta que de pronto la imagen de Liev cruzó su mente.
-
Dios mio...- se acarició la cara al borde de las lágrimas. No sabía
si eran de felicidad o de profunda tristeza. Se había vuelto a
enamorar sin pensar en Liev hasta ese instante.