miércoles, 2 de abril de 2014

Esa misma noche: " Porque prefiero sentir dolor que nada..."




Levantó la cabeza al sentir el aire nocturno que entró por la ventana pero no la cerró. Se incorporó del suelo con la cara húmeda y se sentó en el escritorio tomando la libreta lila. Tenia ya varias entradas no muy interesantes relatando lo que hacia cada día y exceptuando la primera que estaba un poco mas detallada, el resto eran " hoy he comido en..." u "hoy he salido a dar una vuelta por...". Releyó lo ya escrito con mucha tristeza y tomó el boli dispuesta a escribir una más. De pronto paró y en vez de empezar a contar lo que le había sucedido empezó a apuñalar la libreta escribiendo: " No le recuerdo... quiero recordarle y no le recuerdo... ¿por qué cojones me pasa toda esta mierda ahora? Si yo no busco nada, si solo quiero que me dejen en paz. Si, vale, esta bien y no parece mal tipo, pero es que no, no quiero... quería un puesto de trabajo normal y retomar mi vida... como parece que lo ha conseguido todo el mundo... por qué esta senación de vacio, por qué me sigue... estoy cansada, no puedo huir ni puedo enfrentarla... soy como una balsa a la deriva esperando a que el mar se mueva: harta, estoy harta...leñe. PREFIERO SENTIR DOLOR QUE NADA DE NADA... solo quiero mis recuerdos, ¡¡son mios!!, es lo único que quiero; buenos, malos me da igual, solo mis recuerdos...por favor..." Miró el cuaderno con mucha rabia y tras un instante sosteniéndolo lo arrojó por la ventana abierta y la cerró después con algo de ruido.

Se sentó en la cama y se puso el mp3 un momento. Comenzó a darle vueltas al asunto mientras Three Days Grace comenzaban a sonar. Cerró los ojos tratando de quedarse dormida y después de un rato dando vueltas sobre el colchón se levantó de un brinco.

- Me largo...-dijo para sí. Era tardísimo, pero no le importó demasiado.- Dame solo sus ojos... déjame recuperar su mirada..- le pidió a su cerebro, ya que dentro de ella sentía que realmente sus ojos eran algo vital en su vida. Se rebanaba los sesos cuando llegó a la calle húmeda a causa de una pequeña llovizna de la que no se había percatado siquiera y vio que la libreta ya no estaba. Se encogió de hombros, y caminó hasta el centro de la calle planteando su ruta hasta que se decantó, como iba a ser evidente, por el paseo marítimo y reparó en un transeúnte que parecía haberse dormido sentado en el suelo apoyado sobre sus rodillas en el portal de enfrente. Le miró un instante y sonrió para sí misma acercándose un poco a él comprobando que estaba bien... parecía triste más que dormido, así que se acuclilló un momento frente a él. Tenia los ojos cerrados, debía de estar dormido, no podía ser de otra manera. Le dio mucha pena ver que era un hombre joven, quizás uno de esos a los que les embargaron a casa o tal ver un novio repudiado por su chica...ella le daba vueltas al asunto. Posó su mano en una de las de él y pareció que se movió un poco, Gabrielle sonrió:

- Toda esta mierda terminará por acabarse...todo empieza y acaba, es ley de vida - dijo mirando hacia él, se lo decía a si misma. Al instante se incorporó y dio media vuelta emprendiendo camino hacia donde había decidido metiendo sus manos en los bolsillos de los vaqueros. No dormiría, no podía, así que otro buen plan era ver el amanecer.- Bah, hoy paso de tocar...- dijo entre cabreada y entristecida. La misma canción de cuando salía de su cuarto volvía a reproducirse en el aparato electrónico que la separaba de la humanidad. Canturreó alejándose de su casa con la vista clavada en el suelo que pisaba. 

lunes, 24 de marzo de 2014

A primera vista





Pasó un mes desde que Liev comenzara la búsqueda hasta que dio sus primeros, diminutos y taimados frutos, claro que al darlos comprendió por qué se demoraron tanto.
Gabrielle no estaba en la ciudad, tampoco en una localidad cercana, nada de eso: se había trasladado al otro lado del país. Así pudo volverse loco buscándola cada noche sin resultados. No la habría encontrado nunca de no ser porque, a la desesperada, echó mano del recurso que menos podía agradar a alguien como él. Una tarde de crepúsculo temprano, se citó con el agente inmobiliario que entonces intentaba vender la casa vacía de Gabrielle, para averiguar alguna información.
No le costó mucho trabajo seducir a la joven luciendo una sonrisa blanca y magistral, ensayada desde hacía cientos de años para que no fallara en momentos como aquel. La chica tardó poco en contarle la historia de los anteriores inquilinos, que después de un cúmulo de desgracias se cambiaron de ciudad. Querían evitar, dijo, que su hija, la más perjudicada, se sintiera recaer al salir del hospital. Aquella información fue demasiado para que Liev pudiera soportarla. Salió de la casa y acto seguido se dirigió a la estación de trenes.
Durante prácticamente tres días viajó en vagones abiertos, viendo volar el paisaje que cada vez era un poco más oscuro. Su imagen le acompañaba, así como el pensamiento fúnebre a la par que excitante de reencontrarla. Podría reprocharle que se fuera sin dejar señal alguna de su paradero, pero no lo haría. Solo quería estrecharla entre sus brazos con fuerza, nada más.
Las montañas se dejaron penetrar por los vagones incansables hasta que al fin el tren se detuvo y Liev puso los pies en el lugar donde Gabrielle, su pobre y desgraciada Gabrielle, había ido a trasladarse. No tardó demasiado en encontrar un rastro de su aroma como suspendido en la Plaza del Mercado, muy por encima del lugar donde los comerciantes vendían alimentos humanos. Siguió el rastro y encontró un edificio dedicado a la música, también ella estuvo allí recientemente; su aroma se mezclaba con el de cientos de humanos, pero era el suyo, no había duda. Liev rodeó el edificio hasta encontrar una nueva veta de perfume. La noche entraba en su fase más oscura cuando encontró un edificio antiguo de fachadas grises y balcones torneados. Era tan modernista que le hizo sonreír al recordarse viviendo en un lugar parecido, solo que el lugar donde moró Liev estaba bajo tierra.
Escaló los balcones buscándola y si bien el aroma se iba intensificando a cada metro, no había rastro de su presencia. Encontró la casa en silencio, la ventana de su dormitorio estaba cerrada, pero no le costó abrirla ni reconocer los mismos objetos que viera al otro lado del país. Ya estaba, su búsqueda terminaba esa noche.
Salió por la ventana dejándola abierta decidido a esperarla en la calle, como tantas veces sucedió con anterioridad. Buscó refugio en el portal de la casa de enfrente, pendiente de cada viandante y coche que pasara por allí. Un par de horas más tarde uno oscuro, de gran cilindrada, se detuvo a escasos metros de Liev. Si hubiera tenido un corazón vivo, lo habría notado bombear sangre con más fuerza de la que un pecho humano podría soportar; por fortuna estaba muerto, pensó con una sonrisa. Gabrielle se encontraba a escasa distancia, en el coche, y a primera vista bien.
Una lágrima quiso recorrer su mejilla: estaba viva, mucho más delgada pero respirando, no como temió cuando supo de su ingreso en el hospital. Seguía siendo tan bella como en sus recuerdos, todavía más cuando se ruborizaba aunque… pero… pero no podía ser, Liev no creía lo que veía… el hombre que conducía el coche recibió los labios de Gabrielle mientras él, que había condenado su vida por ella, observaba la escena sintiendo el alma partirse en pedazos.
La vio abandonar el vehículo, la vio entrar en el edificio, pero no pudo seguirla, se quedó allí, acuclillado, con las manos sobre las rodillas y el corazón aunque muerto, destrozado.

sábado, 1 de marzo de 2014

Diamantes por lágrimas




- Me gustaría que esta noche saliéramos a cenar...¿qué te parece?- dijo James con dulzura.

- Sí, claro...- Gabrielle estaba un poco anonadada por la invitación, hacia casi un mes que trabajaban juntos y era la primera vez que se dirigía a ella para tratar algo no profesional.

- Bien...- el hombre parecía contento de que hubiera sido tan sencillo.- Entonces te paso a buscar a las nueve, por tu casa...no hace falta que te arregles mucho.- respondió al instante sonriendo.

- Me parece bien...- Gabrielle salió del despacho con el corazón rebotando con rudeza en su pecho.

Cuando llegó a casa se fue directa al armario. No sabia muy bien que ponerse, recordó lo que James le había dicho y comenzó a sacar ropa y a posarla encima de la cama. Después de probarse medio armario decidió que se pondría el pantalón negro de pinza con con un jersey de cisne marrón oscuro, sus botines de tacón negros y llevaría el pelo castaño suelto y planchado. Formal pero elegante. De complemento un collar de cuentas marrones más claro que combinaba a al perfección. Hacia tiempo que no se tomaba la molestia de vestirse así. Se maquillo discreta y a las ocho y media estaba completamente arreglada así que bajo a la cocina y se sirvió una copa de vino tinto.

Él llegó puntual y llamó a la puerta. Ella le recibió con una gran sonrisa y le acompaño hasta el coche; un mercedes, pensó para sí que era un coche demasiado clásico para James y sonrió. Llegaron al restaurante, el estaba guapísimo vestido con unos vaqueros oscuros, su jersey de pico rojo y su chaqueta de cuero negra. Se mordió el labio cuando pidió la mesa que tenia reservada a la recepcionista, había sido muy detallista con todo. Cuando se sentaron y después de pedir la cena, James se la quedo mirando un momento en silencio.

-¿Qué pasa...?- preguntó ella inquieta por su mirada.

- Tengo que decírtelo Gabrielle, eres una mujer preciosa... no entiendo como es que jamás he visto a tu chico por los alrededores de la academia esperándote...- le dijo sin dilación.
"Arriesgado James, muy arriesgado..." pensó la chica.- Bueno, si no le has visto es porque no tengo...-rió, sabia perfectamente el motivo de la frase, pero le gustó el enfoque.

- Eso es...perfecto.- dijo él tomándola de la mano que tenia sobre la mesa. Ella se sonrojó.
Pasaron las horas como si fueran minutos y tras la cena hablaron de muchas cosas muy interesantes, pero sobre todo de música. Cuando se quisieron dar cuenta eran los únicos que quedaban en el local.

- Creo que lo mejor será que te lleve a casa de nuevo...- dijo esperando que ella le sugiriese ir a otro sitio.

- Sí... será lo mejor.- contestó ella.

Decepcionado por la respuesta la acompañó hasta la puerta de su casa y cuando ella se disponía a bajar del coche la agarró de la mano con suavidad.

- Gabrielle...yo...bueno, llevamos un tiempo trabajando juntos y la verdad es que quería...- Gabrielle le interrumpió contundente provocando que el chico se sintiera algo violento pero la sujetó con más fuerza.

- James, me gustas, pero no sigas... He disfrutado de tu compañía...quizás otro día...- fue a bajarse del coche pero el no la soltaba, le miro un poco confundida y en ese momento él tiro de ella con fuerza haciéndola caer de nuevo dentro del coche casi encima suyo y le robó un beso. Gabrielle no apartó la cara, pero sentía que algo no iba bien del todo en su interior.- Tengo que irme...- dijo deshaciéndose de James y saliendo del coche.

El espero a que ella se fuera y condujo hasta su casa a cierta velocidad. Cuando llegó subió derecho a la cocina y se abrió una cerveza maldiciendo para sí.

- Eres clásica eh, bueno, yo tengo paciencia, caerás Gabrielle, caerás... me gustas mucho pequeña te haré caer en mi cama...- murmuró lujurioso mordiéndose el labio.

Gabrielle entró en su habitación y al cerrar la puerta se dejo resbalar apoyada en la puerta tocándose el pelo y suspirando con fuerza. James la había besado, y debería de haberle gustado...que demonios fallaba... Liev, ella lo sabía, fallaba Liev. Aun podía sentir que entre ellos había habido algo muy intenso, ¿por qué narices no era capaz de recordar apenas nada? Era frustrante tener el sentimiento y las sensaciones sin recuerdos. Se levantó y se metió en la cama. Mañana era sábado, al menos podría relajarse tocando unas cuantas horas seguidas, desde que empezó con las clases a penas tenía tiempo para su piano.

Cerro los ojos y comenzó a llorar casi sin querer. Nada... no podía casi recordarle... ¿por qué?, ¿por qué?...

lunes, 10 de febrero de 2014

Seculorum




Seculorum, así se hacían llamar. Cuando era joven ignoraba a qué se refería el vocablo latino, pero no tardó demasiado en descubrirlo.

Llegó al salón escarbado en tierra a través del túnel subterráneo que comunicaba su refugio con las cataratas modestas a quince kilómetros de la ciudad. Todo ocurrió de modo tan estudiadamente diabólico… Estaba sobre Gabrielle, la penetraba. Sentía su cuerpo regresar a la vida, hormiguear, el placer como una brújula que señalaba el norte, era suya al fin y esa vez estaba consciente. En ese momento cuando los gemidos se acompasaron, la chica separaba más las caderas aceptándole por completo, y él al fin la mordió, debió mirar arriba, debió escuchar lo que Gabrielle le decía al oído: “me está matando”. Porque sí, algo la mataba. Liev pensó que se refería al placer, que se había asustado con el mordisco, que como tantos otros humanos, Gabrielle mantenía la misma tendencia a la exageración que cuando se conocieron, pero en aquella ocasión estaba siendo apropiada porque algo que no era él le absorbía la vida; algo que flotaba sobre sus cabezas emergiendo de entre las sombras, descolgándose en la pared para alimentarse del bálsamo... Era un Barnsangre.

Sus labios demoníacos se estiraban semejantes a la trompeta alargada que algunos insectos como las moscas tienen por boca, así lo hacían; se colocaban sobre la víctima en cuestión, y sin que ella tuviera la oportunidad de hacer nada por evitarlo, bebían su esencia a grandes tragos. Si podían terminar con un humano común en cuestión de horas, con un bálsamo sucedía mucho más rápido, la esencia de estos estaba concentrada. Gabrielle no habría tardado más de diez minutos en morir si Liev volviéndose loco de ansia, finalmente no se hubiera dado cuenta de que algo extraño sucedía.
Cuando levantó la cabeza y descubrió aquel monstruo oscuro descolgándose en la oscuridad, le atacó al momento. La bestia, el demonio-vampiro, era tan rápido como recordaba, pronto corrió a esconderse en el agujero del que había salido, y ahí cometió un grave error. Liev, que  siempre se había preguntado cómo lograban encontrarle los suyos, por qué pese a ser tan cauteloso le descubrían, entonces lo supo. Bajo su refugio, escarbado a dos metros del suelo, había un túnel que las sombras oscuras recorrían a placer para mantenerle bajo vigilancia. No tenía constancia, por supuesto, hasta ese momento. Cuando encontró el pasadizo y tomó conciencia de las veces que le habían seguido sin sospecharlo, de lo localizado que le tenían pese a sus esfuerzos, el primer pensamiento fue entrar allí y vengarse aún sabiendo que moriría en el intento, pero luego pensó en ella prácticamente muerta sobre su cama… Gabrielle siempre iba a resultar una prioridad, tenía que ayudarla. Cualquiera de aquellos malditos seres podía esperar.

La sacó en brazos de la casa. Fuera, aunque estrellas y luna brillaran en lo alto, hacía demasiada luz para los Barnsangres, allí estaría segura al menos hasta que los hubiera alejado de la casa y pudiera volver para ayudarle. La dejó en la acera, bajó al sótano para meterse de lleno en el túnel de alimañas pero no logró volver a salir. No eran Barnsangres lo que esperaba allí dentro, el demonio-vampiro que les atacó solo era un anzuelo… El pasadizo estaba lleno de Seculos que le llevaron directamente al lugar donde cientos de ellos esperaban que atendiera la llamada de la sangre.

Habían transcurrido más de seis meses de aquello. Durante cada noche, a cada instante, Liev pensó en ella, en si vivía o moría mientras le tuvieron retenido. El castigo por desobedecer y huir de los Seculos no pudo ser más duro, pero lo soportó. El aliciente que le empujaba a no dejarse vencer era su imagen, y no la que tuvo cuando la tomaba desnuda en el sótano, sino la de su cuerpo yaciendo en la acera, en plena noche… Más de seis meses le costó convencer a sus parientes demoníacos de que podían cesar las torturas pues volvía a formar parte de ellos, y regresaba con más ganas que nunca de retomar las obligaciones con su linaje. Finalmente le creyeron y las cuatro otras familias más puras celebraron la vuelta del hijo pródigo, él sencillamente se dejó ornamentar con las más finas prendas mientras le curaban las heridas causadas por el encierro. Había regresado a casa, con los suyos… Durante un mes más todo fueron celebraciones, ya nadie debía desconfiar de él. Pronto le permitieron salir del agujero sin vigilancia.

La primera noche en libertad corrió a su antigua morada para descubrir con cierta desazón que la casa abandonada no existía. Los escombros se acumulaban a un lado mientras al otro un gran agujero mostraba el lugar donde durmió cuando aquel era su refugio, todavía se podían distinguir restos del colchón ennegrecido; por lo visto fue un incendio. La casa de Gabrielle estaba completamente vacía. Sin pensarlo demasiado entró por la ventana buscando alguna pista de su paradero. El aroma indicaba que llevaba mucho tiempo sin ir por allí. No encontró nada al respecto, solo el familiar reencuentro con una furia homicida que crecía imparable en su interior. Se lo habían robado todo: el refugio, a Gabrielle, su vida, la libertad…
Aquella misma noche Liev se sentenció por siempre. A pesar de las advertencias que le hicieron durante el secuestro, decidió abandonar sus obligaciones como parte de los  primigenios; era el único demonio que quedaba con vida de su linaje. Sin su colaboración las otras cuatro grandes familias eran una décima parte de lo poderosas que podrían ser estando los cinco miembros patriarcas unidos. Si le cogían después de aquello… No sabía qué le harían después de aquello, pero había muchos modos de llevar la locura a un demonio.

Liev vuelve a latir, se mueve. Cada día viaja a un lugar distinto, duerme en un lugar diferente, pero cada noche mantiene un único objetivo: encontrar a Gabrielle cueste lo que cueste.

martes, 28 de enero de 2014

Hirviendo agua





Llegó puntual y la academia parecía vacía. Se llamaba A.J.P., academia de jóvenes prodigio, El acorde escarlata. Le parecía un buen nombre, la sinestesia había sido un tema que siempre le había fascinado pero por desgracia nunca había conocido a nadie con semejante don, quizás entre los niños de la academia se encontraría alguno.
Cinco minutos después de estar esperando, un hombre maduro de pelo cano le abrió la puerta con una agradable sonrisa.
- Buenos días Señorita Gabrielle... disculpe, he olvidado su apellido.
- Vazquéz Dulac. - Sonrió con dulzura al hombre correspondiéndole con cordialidad.
- Bonitos apellidos, ¿madre francesa?.- Ella asintió.
Se dirigió por los pasillos en dirección al despacho del director del centro. Recordaba demasiado bien a sus directores y ciertamente no le apetecía nada de nada encontrarse con un Don Olegario, o un Don Julio... pero hizo de tripas corazón y continuó avanzando sin decir una palabra más. El caballero que había revelado llamarse Ángel la hizo pasar a la sala vacía. Le contó que el llevaba mas de treinta años dando clase en esa academia y que estaba muy contento, y que cuando la directiva cambio y le ofrecieron el puesto el rehusó porque el director actual era un hombre muy agradable,educado e inteligente, así que no debía estar nerviosa. Le tranquilizaron mucho esas palabras.
- Bueno, yo debo dejarte, que tengo cosas que preparar. Espero verte por aquí el lunes a primera hora.- Le guiñó un ojo y la dejó sola. Ella aprovechó para echarle un vistazo al sitio. El despacho estaba muy ordenado y decorado con sencillez pero buen gusto, la verdad es que parecía un sitio agradable por lo poco que había visto, lo curioso era que no se oía a nadie estar estudiando, lo cual era un poco raro para ser un jueves.
La puerta se abrió y entro un hombre alto con rapidez y se colocó frente a ella tendiéndole la mano. En el momento en el que los ojos de Gabrielle se posaron sobre los de él se le heló la sangre en las venas y sintió como una pequeña gota de sudor aparecía en su nuca para deslizarse por todo el hueco de su espalda. Tenía ganas de llorar y de reír en un segundo. En ese instante descubrió por qué se le llamaba flechazo a esas sensación; una punzada casi de dolor le atravesaba el corazón mientras aquel desconocido le estrechaba la mano con firmeza.
- Le pido mil perdones por mi mala educación, no era mi intención retrasarme, pero desde que ha empezado el día he tenido una mañana de locos.- Sonrió. A Gabrielle le costaba hasta respirar. Era un adonis tallado, era increíblemente perfecto, una escultura envuelta en un traje negro de raya italiana. Se peinaba hacia atrás su abundante pelo castaño, y sus ojos, más azules que el cielo, la miraban con firmeza... había algo muy seductor en el hombre. Parecía un ángel pero su mirada resultaba agresiva; un lobo con piel de cordero, no le cabía duda alguna.- Me llamo James Hudsson. Tome asiento, por favor.
No era latino, norteamericano quizás. No la importaba demasiado. Sintió otra punzada en el pecho, pero esto no fue producto de ningún flechazo.
- ¿Se encuentra usted bien?
- Claro, perdone. Hace poco que salí de una larga hospitalización y a veces me sucede.- sonrió cordial.
- Hábleme de usted, Señorita Vazquéz. Tiene usted un currículum impresionante y me gustaría saber que experiencia tiene con los niños.
Gabrielle contestó con sinceridad a todas las preguntas que fue formulándole aquel joven director. Demostró tener un alto nivel de conocimientos y estaba muy comprometido con su escuela, sobre todo con sus niños.
- Bueno Señorita Vazquéz, tengo que darle la bienvenida a nuestra pequeña familia de psicópatas, es un verdadero placer poder contar con su talento. Dejaré todos los papeles arreglados para que nuestra secretaria le tenga el contrato preparado con la mayor brevedad posible.- Gabrielle asintió levantándose y retomando el contacto físico con aquel ser maravillosamente envolvente pero otra punzada en el corazón la hizo retroceder enseguida.
- No tiene muy buena cara, ¿quiere que la acerque hasta su casa?
- No será necesario, no se preocupe. ¿A qué hora vengo el lunes?
- A las ocho abrimos la academia pero los estudiantes no llegan a su clase hasta las diez de la mañana, organícese como mejor le convenga.- Gabrielle asintió y sonriendo se marchó dándole las gracias una vez más.
Llegó a casa y puso agua a hervir para preparar algo de pasta. Sus padres no se encontraba allí. Tal vez ahora podría conseguir una de sus mayores metas; independizarse con su propio dinero. Pensó en James durante toda la tarde sin saber muy bien porque cada vez que sus labios iban a encontrarse en su ensoñación el recurrente pinchazo la torturaba hasta que de pronto la imagen de Liev cruzó su mente.


- Dios mio...- se acarició la cara al borde de las lágrimas. No sabía si eran de felicidad o de profunda tristeza. Se había vuelto a enamorar sin pensar en Liev hasta ese instante.

lunes, 20 de enero de 2014

La libreta lila: Otro inicio




" 20 de Enero

Mama y papá han decidido regalarme otra estúpida libreta. No tengo ganas ningunas de ponerme a escribir nada para nadie, pero el médico ha dicho que va a venirme muy bien por si la amnesia continuara causándome estragos, ya que aún no he recuperado los recuerdos que ésta me arrebató. Gracias a Dios aún sé tocar el piano en perfectas condiciones, debe de ser lo único que no ha cambiado en mi vida.

Veamos... mi padre me ha dicho que nos hemos cambiado de ciudad pero a pesar de decirme donde vivíamos antes no he sido capaz de recordar nada; nada, excepto a él... ellos no lo saben y no quiero que lo sepan, pero Liev es el único recuerdo sano que mantengo firmemente aferrado a mi memoria. No todo... no recuerdo el color de su pelo o de sus ojos, pero recuerdo la calidez de su voz y la frialdad de sus palabras. No sé si lo llegaré a echar de menos o si lo echo de menos ya..."

Dejó de escribir un momento y suspiró. No sabía que más poner en esas página violáceas que nada le decían. No recordaba su antigua casa, ni recordaba a sus amigos, si hizo alguno. Era horrible para ella, y su único recuerdo estaba inconexo con la realidad que la rodeaba.... ¿Liev la quería?, ella sentía que sí le amaba, pero no sabia mucho más. ¿Llegaron a hablar?, ¿Hubo algo especial o sólo sexo?.

- Era mi primera vez...- se dijo en voz baja.- eso sí lo sé, no pudo ser solo eso.- Siguió escribiendo.

" Bueno, esta ciudad, según papa tiene una aire más californiano. Eso quiere decir que hay playa, ¡por fin hay playa!. Mi madre me ha dicho esta tarde que me han aceptado en una escuela de música cercana como profesora de piano complementario y armonía básica. Al parecer mi padre dejó mi currículum nada más llegar y les ha gustado. Bueno, veremos si soy capaz de dar clases en mi estado, aunque realmente siento una gran necesidad de salir de casa. El sitio no esta mal, espaciosa y luminosa, lujosa incluso... mi padre no podía resistirlo.

Gabrielle."

Escrito esto miró el reloj. Eran las once y cuarto, hora de cenar. Venia un olor rico desde la cocina. Suspiró cerrando la libreta y guardándola debajo de la cama. Cuando acabara de cenar se pondría a analizar partituras, estaba convencida de que no iba a escribir todos los días en plan diario pero después de la primera entrada se sentía bastante a gusto e , interiormente, reconoció que el médico podía tener razón.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Desorientación




       Abrió los ojos muy lentamente para descubrir que de su boca salia un tubo que comenzó a molestarla y a hacer que se atragantara. En su nariz también había un tubo, al igual que en su brazo. Miró a su alrededor sin saber que estaba pasando y pudo distinguir unos gritos lejanos de una mujer.

     - ¡Doctor, se ha despertado!

    - Rápido, Carmen. Llame a los familiares, se van a alegrar.- Se notaba un tono alegre y optimista en la voz del hombre, sin embargo Gabrielle comenzó a asustarse. Estaba en un hospital, no le cabía ninguna duda pero no comprendía nada. Respiró profundamente tratando de calmarse, ya que era capaz de ver sus pulsaciones en un monitor y eran demasiado altas. Recapituló.

       - “ A ver, Gabry, piensa... ¿qué es lo último que recuerdas?. Estaba en casa de Liev, el me había atado...¿o no?, sí, creo que me ató y después...la lengua, ¡exacto!. Y llego a... no, creo que no... ¡Sí, claro que lo hizo!, dijo que debía ser mas delicado... ¿Qué me ha pasado?...”

     Al instante entró una enfermera y comenzó a retirarle todos los molestos tubos, menos el del brazo. Comprobó que todo estaba en orden y la miró con ternura.
  
     - ¿Cómo te encuentras dormilona?
     - Pues … Bien, supongo...- Buscó en los ojos de la señora una explicación para lo que la estaba pasando.- ¿Qué me ha...?

     - Tranquila, tu padre está a punto de llegar, él te lo explicará todo -. El padre de Gabrielle apareció en la habitación al instante y abrazó con fuerza a su hija.
   
     - Papa, tranquilo, que me vas a partir.
 
     - Nena, estaba tan preocupado, pensé que te había perdido...¿te encuentras bien?

     - Sí, papa. Estoy bien, pero me gustaría saber que ha pasado...

     El médico, que esperaba pacientemente detrás del padre de la chica sonrió y le tocó sobre el hombro mientras miraba uno de los aparatos a los que seguía enchufada.

     - La amnesia post-traumática es algo completamente normal y transitoria, en un par de días estará como nueva, ahora necesita una dieta rica el glucosa y descanso. Les dejaré solos enseguida para que se pongan un poco al día.

     Gabrielle sintió la profunda preocupación de su padre y no consiguió cuadrar nada de lo que la estaba sucediendo.- Papa...

     - Claro, nena. Veamos. Toma aire y no te asustes por lo que voy a decirte, a fin de cuentas ya estas bien y no ha pasado nada. Hace exactamente cuatro meses y una semana te encontré en la acera de casa inconsciente y te traje al hospital. Los médicos te hicieron toda clase de pruebas y descubrieron que a habías perdido muchísima sangre en un momento y que eso te causó un trombo cerebral. Llevas en coma desde entonces, cariño. Ellos no sabían si te despertarías o no. Pero mama y yo no perdimos la esperanza...- La abrazó con dulzura.- ¿Sabés?, mama está mucho mejor ya. No ha podido venir, pero pronto iremos los dos y la daremos una gran alegría.

       No podía creerse lo que le estaba contando su padre, o sea, que ahora mismo debía ser casi diciembre. Estaba terriblemente abrumada pero la noticia de que su madre se había puesto mejor la hizo sonreír. Sintió cansancio, y comenzó a quedarse dormida casi sin su voluntad.

     - Duérmete hija, volveré a la hora de la cena para ver como estás.

     Vio como se alejaba su padre pero al instante quedó sumida en un profundo sueño que la envolvió en una bruma gris de vacío y silencio.