lunes, 10 de febrero de 2014

Seculorum




Seculorum, así se hacían llamar. Cuando era joven ignoraba a qué se refería el vocablo latino, pero no tardó demasiado en descubrirlo.

Llegó al salón escarbado en tierra a través del túnel subterráneo que comunicaba su refugio con las cataratas modestas a quince kilómetros de la ciudad. Todo ocurrió de modo tan estudiadamente diabólico… Estaba sobre Gabrielle, la penetraba. Sentía su cuerpo regresar a la vida, hormiguear, el placer como una brújula que señalaba el norte, era suya al fin y esa vez estaba consciente. En ese momento cuando los gemidos se acompasaron, la chica separaba más las caderas aceptándole por completo, y él al fin la mordió, debió mirar arriba, debió escuchar lo que Gabrielle le decía al oído: “me está matando”. Porque sí, algo la mataba. Liev pensó que se refería al placer, que se había asustado con el mordisco, que como tantos otros humanos, Gabrielle mantenía la misma tendencia a la exageración que cuando se conocieron, pero en aquella ocasión estaba siendo apropiada porque algo que no era él le absorbía la vida; algo que flotaba sobre sus cabezas emergiendo de entre las sombras, descolgándose en la pared para alimentarse del bálsamo... Era un Barnsangre.

Sus labios demoníacos se estiraban semejantes a la trompeta alargada que algunos insectos como las moscas tienen por boca, así lo hacían; se colocaban sobre la víctima en cuestión, y sin que ella tuviera la oportunidad de hacer nada por evitarlo, bebían su esencia a grandes tragos. Si podían terminar con un humano común en cuestión de horas, con un bálsamo sucedía mucho más rápido, la esencia de estos estaba concentrada. Gabrielle no habría tardado más de diez minutos en morir si Liev volviéndose loco de ansia, finalmente no se hubiera dado cuenta de que algo extraño sucedía.
Cuando levantó la cabeza y descubrió aquel monstruo oscuro descolgándose en la oscuridad, le atacó al momento. La bestia, el demonio-vampiro, era tan rápido como recordaba, pronto corrió a esconderse en el agujero del que había salido, y ahí cometió un grave error. Liev, que  siempre se había preguntado cómo lograban encontrarle los suyos, por qué pese a ser tan cauteloso le descubrían, entonces lo supo. Bajo su refugio, escarbado a dos metros del suelo, había un túnel que las sombras oscuras recorrían a placer para mantenerle bajo vigilancia. No tenía constancia, por supuesto, hasta ese momento. Cuando encontró el pasadizo y tomó conciencia de las veces que le habían seguido sin sospecharlo, de lo localizado que le tenían pese a sus esfuerzos, el primer pensamiento fue entrar allí y vengarse aún sabiendo que moriría en el intento, pero luego pensó en ella prácticamente muerta sobre su cama… Gabrielle siempre iba a resultar una prioridad, tenía que ayudarla. Cualquiera de aquellos malditos seres podía esperar.

La sacó en brazos de la casa. Fuera, aunque estrellas y luna brillaran en lo alto, hacía demasiada luz para los Barnsangres, allí estaría segura al menos hasta que los hubiera alejado de la casa y pudiera volver para ayudarle. La dejó en la acera, bajó al sótano para meterse de lleno en el túnel de alimañas pero no logró volver a salir. No eran Barnsangres lo que esperaba allí dentro, el demonio-vampiro que les atacó solo era un anzuelo… El pasadizo estaba lleno de Seculos que le llevaron directamente al lugar donde cientos de ellos esperaban que atendiera la llamada de la sangre.

Habían transcurrido más de seis meses de aquello. Durante cada noche, a cada instante, Liev pensó en ella, en si vivía o moría mientras le tuvieron retenido. El castigo por desobedecer y huir de los Seculos no pudo ser más duro, pero lo soportó. El aliciente que le empujaba a no dejarse vencer era su imagen, y no la que tuvo cuando la tomaba desnuda en el sótano, sino la de su cuerpo yaciendo en la acera, en plena noche… Más de seis meses le costó convencer a sus parientes demoníacos de que podían cesar las torturas pues volvía a formar parte de ellos, y regresaba con más ganas que nunca de retomar las obligaciones con su linaje. Finalmente le creyeron y las cuatro otras familias más puras celebraron la vuelta del hijo pródigo, él sencillamente se dejó ornamentar con las más finas prendas mientras le curaban las heridas causadas por el encierro. Había regresado a casa, con los suyos… Durante un mes más todo fueron celebraciones, ya nadie debía desconfiar de él. Pronto le permitieron salir del agujero sin vigilancia.

La primera noche en libertad corrió a su antigua morada para descubrir con cierta desazón que la casa abandonada no existía. Los escombros se acumulaban a un lado mientras al otro un gran agujero mostraba el lugar donde durmió cuando aquel era su refugio, todavía se podían distinguir restos del colchón ennegrecido; por lo visto fue un incendio. La casa de Gabrielle estaba completamente vacía. Sin pensarlo demasiado entró por la ventana buscando alguna pista de su paradero. El aroma indicaba que llevaba mucho tiempo sin ir por allí. No encontró nada al respecto, solo el familiar reencuentro con una furia homicida que crecía imparable en su interior. Se lo habían robado todo: el refugio, a Gabrielle, su vida, la libertad…
Aquella misma noche Liev se sentenció por siempre. A pesar de las advertencias que le hicieron durante el secuestro, decidió abandonar sus obligaciones como parte de los  primigenios; era el único demonio que quedaba con vida de su linaje. Sin su colaboración las otras cuatro grandes familias eran una décima parte de lo poderosas que podrían ser estando los cinco miembros patriarcas unidos. Si le cogían después de aquello… No sabía qué le harían después de aquello, pero había muchos modos de llevar la locura a un demonio.

Liev vuelve a latir, se mueve. Cada día viaja a un lugar distinto, duerme en un lugar diferente, pero cada noche mantiene un único objetivo: encontrar a Gabrielle cueste lo que cueste.

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