lunes, 10 de febrero de 2014

Seculorum




Seculorum, así se hacían llamar. Cuando era joven ignoraba a qué se refería el vocablo latino, pero no tardó demasiado en descubrirlo.

Llegó al salón escarbado en tierra a través del túnel subterráneo que comunicaba su refugio con las cataratas modestas a quince kilómetros de la ciudad. Todo ocurrió de modo tan estudiadamente diabólico… Estaba sobre Gabrielle, la penetraba. Sentía su cuerpo regresar a la vida, hormiguear, el placer como una brújula que señalaba el norte, era suya al fin y esa vez estaba consciente. En ese momento cuando los gemidos se acompasaron, la chica separaba más las caderas aceptándole por completo, y él al fin la mordió, debió mirar arriba, debió escuchar lo que Gabrielle le decía al oído: “me está matando”. Porque sí, algo la mataba. Liev pensó que se refería al placer, que se había asustado con el mordisco, que como tantos otros humanos, Gabrielle mantenía la misma tendencia a la exageración que cuando se conocieron, pero en aquella ocasión estaba siendo apropiada porque algo que no era él le absorbía la vida; algo que flotaba sobre sus cabezas emergiendo de entre las sombras, descolgándose en la pared para alimentarse del bálsamo... Era un Barnsangre.

Sus labios demoníacos se estiraban semejantes a la trompeta alargada que algunos insectos como las moscas tienen por boca, así lo hacían; se colocaban sobre la víctima en cuestión, y sin que ella tuviera la oportunidad de hacer nada por evitarlo, bebían su esencia a grandes tragos. Si podían terminar con un humano común en cuestión de horas, con un bálsamo sucedía mucho más rápido, la esencia de estos estaba concentrada. Gabrielle no habría tardado más de diez minutos en morir si Liev volviéndose loco de ansia, finalmente no se hubiera dado cuenta de que algo extraño sucedía.
Cuando levantó la cabeza y descubrió aquel monstruo oscuro descolgándose en la oscuridad, le atacó al momento. La bestia, el demonio-vampiro, era tan rápido como recordaba, pronto corrió a esconderse en el agujero del que había salido, y ahí cometió un grave error. Liev, que  siempre se había preguntado cómo lograban encontrarle los suyos, por qué pese a ser tan cauteloso le descubrían, entonces lo supo. Bajo su refugio, escarbado a dos metros del suelo, había un túnel que las sombras oscuras recorrían a placer para mantenerle bajo vigilancia. No tenía constancia, por supuesto, hasta ese momento. Cuando encontró el pasadizo y tomó conciencia de las veces que le habían seguido sin sospecharlo, de lo localizado que le tenían pese a sus esfuerzos, el primer pensamiento fue entrar allí y vengarse aún sabiendo que moriría en el intento, pero luego pensó en ella prácticamente muerta sobre su cama… Gabrielle siempre iba a resultar una prioridad, tenía que ayudarla. Cualquiera de aquellos malditos seres podía esperar.

La sacó en brazos de la casa. Fuera, aunque estrellas y luna brillaran en lo alto, hacía demasiada luz para los Barnsangres, allí estaría segura al menos hasta que los hubiera alejado de la casa y pudiera volver para ayudarle. La dejó en la acera, bajó al sótano para meterse de lleno en el túnel de alimañas pero no logró volver a salir. No eran Barnsangres lo que esperaba allí dentro, el demonio-vampiro que les atacó solo era un anzuelo… El pasadizo estaba lleno de Seculos que le llevaron directamente al lugar donde cientos de ellos esperaban que atendiera la llamada de la sangre.

Habían transcurrido más de seis meses de aquello. Durante cada noche, a cada instante, Liev pensó en ella, en si vivía o moría mientras le tuvieron retenido. El castigo por desobedecer y huir de los Seculos no pudo ser más duro, pero lo soportó. El aliciente que le empujaba a no dejarse vencer era su imagen, y no la que tuvo cuando la tomaba desnuda en el sótano, sino la de su cuerpo yaciendo en la acera, en plena noche… Más de seis meses le costó convencer a sus parientes demoníacos de que podían cesar las torturas pues volvía a formar parte de ellos, y regresaba con más ganas que nunca de retomar las obligaciones con su linaje. Finalmente le creyeron y las cuatro otras familias más puras celebraron la vuelta del hijo pródigo, él sencillamente se dejó ornamentar con las más finas prendas mientras le curaban las heridas causadas por el encierro. Había regresado a casa, con los suyos… Durante un mes más todo fueron celebraciones, ya nadie debía desconfiar de él. Pronto le permitieron salir del agujero sin vigilancia.

La primera noche en libertad corrió a su antigua morada para descubrir con cierta desazón que la casa abandonada no existía. Los escombros se acumulaban a un lado mientras al otro un gran agujero mostraba el lugar donde durmió cuando aquel era su refugio, todavía se podían distinguir restos del colchón ennegrecido; por lo visto fue un incendio. La casa de Gabrielle estaba completamente vacía. Sin pensarlo demasiado entró por la ventana buscando alguna pista de su paradero. El aroma indicaba que llevaba mucho tiempo sin ir por allí. No encontró nada al respecto, solo el familiar reencuentro con una furia homicida que crecía imparable en su interior. Se lo habían robado todo: el refugio, a Gabrielle, su vida, la libertad…
Aquella misma noche Liev se sentenció por siempre. A pesar de las advertencias que le hicieron durante el secuestro, decidió abandonar sus obligaciones como parte de los  primigenios; era el único demonio que quedaba con vida de su linaje. Sin su colaboración las otras cuatro grandes familias eran una décima parte de lo poderosas que podrían ser estando los cinco miembros patriarcas unidos. Si le cogían después de aquello… No sabía qué le harían después de aquello, pero había muchos modos de llevar la locura a un demonio.

Liev vuelve a latir, se mueve. Cada día viaja a un lugar distinto, duerme en un lugar diferente, pero cada noche mantiene un único objetivo: encontrar a Gabrielle cueste lo que cueste.

martes, 28 de enero de 2014

Hirviendo agua





Llegó puntual y la academia parecía vacía. Se llamaba A.J.P., academia de jóvenes prodigio, El acorde escarlata. Le parecía un buen nombre, la sinestesia había sido un tema que siempre le había fascinado pero por desgracia nunca había conocido a nadie con semejante don, quizás entre los niños de la academia se encontraría alguno.
Cinco minutos después de estar esperando, un hombre maduro de pelo cano le abrió la puerta con una agradable sonrisa.
- Buenos días Señorita Gabrielle... disculpe, he olvidado su apellido.
- Vazquéz Dulac. - Sonrió con dulzura al hombre correspondiéndole con cordialidad.
- Bonitos apellidos, ¿madre francesa?.- Ella asintió.
Se dirigió por los pasillos en dirección al despacho del director del centro. Recordaba demasiado bien a sus directores y ciertamente no le apetecía nada de nada encontrarse con un Don Olegario, o un Don Julio... pero hizo de tripas corazón y continuó avanzando sin decir una palabra más. El caballero que había revelado llamarse Ángel la hizo pasar a la sala vacía. Le contó que el llevaba mas de treinta años dando clase en esa academia y que estaba muy contento, y que cuando la directiva cambio y le ofrecieron el puesto el rehusó porque el director actual era un hombre muy agradable,educado e inteligente, así que no debía estar nerviosa. Le tranquilizaron mucho esas palabras.
- Bueno, yo debo dejarte, que tengo cosas que preparar. Espero verte por aquí el lunes a primera hora.- Le guiñó un ojo y la dejó sola. Ella aprovechó para echarle un vistazo al sitio. El despacho estaba muy ordenado y decorado con sencillez pero buen gusto, la verdad es que parecía un sitio agradable por lo poco que había visto, lo curioso era que no se oía a nadie estar estudiando, lo cual era un poco raro para ser un jueves.
La puerta se abrió y entro un hombre alto con rapidez y se colocó frente a ella tendiéndole la mano. En el momento en el que los ojos de Gabrielle se posaron sobre los de él se le heló la sangre en las venas y sintió como una pequeña gota de sudor aparecía en su nuca para deslizarse por todo el hueco de su espalda. Tenía ganas de llorar y de reír en un segundo. En ese instante descubrió por qué se le llamaba flechazo a esas sensación; una punzada casi de dolor le atravesaba el corazón mientras aquel desconocido le estrechaba la mano con firmeza.
- Le pido mil perdones por mi mala educación, no era mi intención retrasarme, pero desde que ha empezado el día he tenido una mañana de locos.- Sonrió. A Gabrielle le costaba hasta respirar. Era un adonis tallado, era increíblemente perfecto, una escultura envuelta en un traje negro de raya italiana. Se peinaba hacia atrás su abundante pelo castaño, y sus ojos, más azules que el cielo, la miraban con firmeza... había algo muy seductor en el hombre. Parecía un ángel pero su mirada resultaba agresiva; un lobo con piel de cordero, no le cabía duda alguna.- Me llamo James Hudsson. Tome asiento, por favor.
No era latino, norteamericano quizás. No la importaba demasiado. Sintió otra punzada en el pecho, pero esto no fue producto de ningún flechazo.
- ¿Se encuentra usted bien?
- Claro, perdone. Hace poco que salí de una larga hospitalización y a veces me sucede.- sonrió cordial.
- Hábleme de usted, Señorita Vazquéz. Tiene usted un currículum impresionante y me gustaría saber que experiencia tiene con los niños.
Gabrielle contestó con sinceridad a todas las preguntas que fue formulándole aquel joven director. Demostró tener un alto nivel de conocimientos y estaba muy comprometido con su escuela, sobre todo con sus niños.
- Bueno Señorita Vazquéz, tengo que darle la bienvenida a nuestra pequeña familia de psicópatas, es un verdadero placer poder contar con su talento. Dejaré todos los papeles arreglados para que nuestra secretaria le tenga el contrato preparado con la mayor brevedad posible.- Gabrielle asintió levantándose y retomando el contacto físico con aquel ser maravillosamente envolvente pero otra punzada en el corazón la hizo retroceder enseguida.
- No tiene muy buena cara, ¿quiere que la acerque hasta su casa?
- No será necesario, no se preocupe. ¿A qué hora vengo el lunes?
- A las ocho abrimos la academia pero los estudiantes no llegan a su clase hasta las diez de la mañana, organícese como mejor le convenga.- Gabrielle asintió y sonriendo se marchó dándole las gracias una vez más.
Llegó a casa y puso agua a hervir para preparar algo de pasta. Sus padres no se encontraba allí. Tal vez ahora podría conseguir una de sus mayores metas; independizarse con su propio dinero. Pensó en James durante toda la tarde sin saber muy bien porque cada vez que sus labios iban a encontrarse en su ensoñación el recurrente pinchazo la torturaba hasta que de pronto la imagen de Liev cruzó su mente.


- Dios mio...- se acarició la cara al borde de las lágrimas. No sabía si eran de felicidad o de profunda tristeza. Se había vuelto a enamorar sin pensar en Liev hasta ese instante.

lunes, 20 de enero de 2014

La libreta lila: Otro inicio




" 20 de Enero

Mama y papá han decidido regalarme otra estúpida libreta. No tengo ganas ningunas de ponerme a escribir nada para nadie, pero el médico ha dicho que va a venirme muy bien por si la amnesia continuara causándome estragos, ya que aún no he recuperado los recuerdos que ésta me arrebató. Gracias a Dios aún sé tocar el piano en perfectas condiciones, debe de ser lo único que no ha cambiado en mi vida.

Veamos... mi padre me ha dicho que nos hemos cambiado de ciudad pero a pesar de decirme donde vivíamos antes no he sido capaz de recordar nada; nada, excepto a él... ellos no lo saben y no quiero que lo sepan, pero Liev es el único recuerdo sano que mantengo firmemente aferrado a mi memoria. No todo... no recuerdo el color de su pelo o de sus ojos, pero recuerdo la calidez de su voz y la frialdad de sus palabras. No sé si lo llegaré a echar de menos o si lo echo de menos ya..."

Dejó de escribir un momento y suspiró. No sabía que más poner en esas página violáceas que nada le decían. No recordaba su antigua casa, ni recordaba a sus amigos, si hizo alguno. Era horrible para ella, y su único recuerdo estaba inconexo con la realidad que la rodeaba.... ¿Liev la quería?, ella sentía que sí le amaba, pero no sabia mucho más. ¿Llegaron a hablar?, ¿Hubo algo especial o sólo sexo?.

- Era mi primera vez...- se dijo en voz baja.- eso sí lo sé, no pudo ser solo eso.- Siguió escribiendo.

" Bueno, esta ciudad, según papa tiene una aire más californiano. Eso quiere decir que hay playa, ¡por fin hay playa!. Mi madre me ha dicho esta tarde que me han aceptado en una escuela de música cercana como profesora de piano complementario y armonía básica. Al parecer mi padre dejó mi currículum nada más llegar y les ha gustado. Bueno, veremos si soy capaz de dar clases en mi estado, aunque realmente siento una gran necesidad de salir de casa. El sitio no esta mal, espaciosa y luminosa, lujosa incluso... mi padre no podía resistirlo.

Gabrielle."

Escrito esto miró el reloj. Eran las once y cuarto, hora de cenar. Venia un olor rico desde la cocina. Suspiró cerrando la libreta y guardándola debajo de la cama. Cuando acabara de cenar se pondría a analizar partituras, estaba convencida de que no iba a escribir todos los días en plan diario pero después de la primera entrada se sentía bastante a gusto e , interiormente, reconoció que el médico podía tener razón.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Desorientación




       Abrió los ojos muy lentamente para descubrir que de su boca salia un tubo que comenzó a molestarla y a hacer que se atragantara. En su nariz también había un tubo, al igual que en su brazo. Miró a su alrededor sin saber que estaba pasando y pudo distinguir unos gritos lejanos de una mujer.

     - ¡Doctor, se ha despertado!

    - Rápido, Carmen. Llame a los familiares, se van a alegrar.- Se notaba un tono alegre y optimista en la voz del hombre, sin embargo Gabrielle comenzó a asustarse. Estaba en un hospital, no le cabía ninguna duda pero no comprendía nada. Respiró profundamente tratando de calmarse, ya que era capaz de ver sus pulsaciones en un monitor y eran demasiado altas. Recapituló.

       - “ A ver, Gabry, piensa... ¿qué es lo último que recuerdas?. Estaba en casa de Liev, el me había atado...¿o no?, sí, creo que me ató y después...la lengua, ¡exacto!. Y llego a... no, creo que no... ¡Sí, claro que lo hizo!, dijo que debía ser mas delicado... ¿Qué me ha pasado?...”

     Al instante entró una enfermera y comenzó a retirarle todos los molestos tubos, menos el del brazo. Comprobó que todo estaba en orden y la miró con ternura.
  
     - ¿Cómo te encuentras dormilona?
     - Pues … Bien, supongo...- Buscó en los ojos de la señora una explicación para lo que la estaba pasando.- ¿Qué me ha...?

     - Tranquila, tu padre está a punto de llegar, él te lo explicará todo -. El padre de Gabrielle apareció en la habitación al instante y abrazó con fuerza a su hija.
   
     - Papa, tranquilo, que me vas a partir.
 
     - Nena, estaba tan preocupado, pensé que te había perdido...¿te encuentras bien?

     - Sí, papa. Estoy bien, pero me gustaría saber que ha pasado...

     El médico, que esperaba pacientemente detrás del padre de la chica sonrió y le tocó sobre el hombro mientras miraba uno de los aparatos a los que seguía enchufada.

     - La amnesia post-traumática es algo completamente normal y transitoria, en un par de días estará como nueva, ahora necesita una dieta rica el glucosa y descanso. Les dejaré solos enseguida para que se pongan un poco al día.

     Gabrielle sintió la profunda preocupación de su padre y no consiguió cuadrar nada de lo que la estaba sucediendo.- Papa...

     - Claro, nena. Veamos. Toma aire y no te asustes por lo que voy a decirte, a fin de cuentas ya estas bien y no ha pasado nada. Hace exactamente cuatro meses y una semana te encontré en la acera de casa inconsciente y te traje al hospital. Los médicos te hicieron toda clase de pruebas y descubrieron que a habías perdido muchísima sangre en un momento y que eso te causó un trombo cerebral. Llevas en coma desde entonces, cariño. Ellos no sabían si te despertarías o no. Pero mama y yo no perdimos la esperanza...- La abrazó con dulzura.- ¿Sabés?, mama está mucho mejor ya. No ha podido venir, pero pronto iremos los dos y la daremos una gran alegría.

       No podía creerse lo que le estaba contando su padre, o sea, que ahora mismo debía ser casi diciembre. Estaba terriblemente abrumada pero la noticia de que su madre se había puesto mejor la hizo sonreír. Sintió cansancio, y comenzó a quedarse dormida casi sin su voluntad.

     - Duérmete hija, volveré a la hora de la cena para ver como estás.

     Vio como se alejaba su padre pero al instante quedó sumida en un profundo sueño que la envolvió en una bruma gris de vacío y silencio.

lunes, 22 de julio de 2013

En casa...




A Liev comenzó a devorarle la prisa. Bajó la mano hasta su ropa interior, quedando apoyado de lado e intentó arrancárselas pero, al dominarle el ansia de esa forma, no fue capaz y optó por colocarse entre
sus piernas nuevamente pero esta vez se quitó los pantalones para que ella sintiese su excitación en su máximo exponente. Le separó las braguitas con un sólo dedo mientras ella se contoneaba, pidiendo sin cesar, y se introdujo rotundo en su interior embistiéndola con fuerza, notando como su humedad alimentaba su sexo hasta límites insospechados. No era capaz de controlar la situación.

– ¿Esto querías sentir?

Gabrielle gritó de dolor muy sorprendida. No esperaba esa brusquedad y el tamaño del miembro que ahora la atravesaba se le antojaba enorme y duro, sentía como si la desgarrara de una forma atroz.
Nunca hubiera sospechado que el sexo fuera algo tan doloroso. Comenzó a moverse, muy incómoda, tratando de quitarse de encima a Liev; no le estaba gustando el tono de su voz, de pronto áspera, ni el color que estaba tomando sus ojos nuevamente, casi completamente transparentes. Liev la
contuvo rápidamente.

– ¿Qué pasa preciosa, no te gusta la sensación?- dijo con un cruel
tono irónico.

Gabrielle comenzaba a respira mal y ese extraño ardor mutaba poco a poco, agradándole algo más a cada embestida, aunque realmente lo conseguía que le gustara. Comprendió que realmente, la criatura que la
estaba poseyendo de esa forma tan cruel sí pensaba acabar con su vida y ésto la asustó nuevamente. No, no se trataba de una pesadilla, nadie iba a venir a salvarla, ni él iba a recapacitar confiándole que la amaba, por
mucho que ella deseara que esto sucediera.

– Si me matas... ¿que ganas Liev?- dijo entre jadeos.

– A ti -. Se quitó de encima colocándose de rodillas frente al sexo de la chica. Se había dado cuenta de que se había quedado demasiado rígida y comenzaba a secarse, evidentemente algo no iba del todo
bien, pero estaba demasiado centrado en su propia excitación para pararse a pensar en otras cosas. Su ojos volvieron a oscurecerse. -No se te ocurra moverte, exploradora...

– ¿ Cuánto tiempo...llevas esperando encontrar algo como yo...?, si me pierdes, te quedas solo...- respiraba con mucha dificultad una vez más pero trataba de sonar desafiante.

– Correré el riesgo...- Liev sacó de debajo del camastro un cuchillo largo y afilado. En ese momento la cara de Gabrielle se desencajó por el terror, las lágrimas comenzaron a aflorar mientras el
permanecía de rodillas observando el sexo de la joven por debajo de la ropa interior.

– Liev no lo hagas... yo no quiero perder esto...- buscaba una forma de escaparse con desesperación, estaba muerta de miedo. Se retiró quedando acurrucada junto a la pared del cabecero.

– Te he dicho que no te muevas, no me obligues a volver a atarte...- le gritó tomándola de los tobillos y arrastrándola de nuevo hasta que volvió a quedar entre sus piernas. Deslizó el cuchillo entre sus
braguitas cortándolas por dos sitios. Su sexo estaba frío, nada húmedo, muy poco halagador así que deslizó un dedo presionando con insistencia sobre el clítoris.

– Liev, te lo ruego... suéltame...- suplicó sollozante.

– Si quieres seguir respirando, Gabrielle, estate quieta.- Su paciencia comenzaba a agotarse, no sabía a qué venía todo ese espectáculo que estaba montando cuando lo único que él se proponía era disfrutar de ella hoy, y quizás mañana también.

– ¿Vas a estarte quieta de una maldita vez?- Volvió a inquirir.

Gabrielle se rindió finalmente, terriblemente cansada por su taquicardia y la falta de aire. Al calmarse notó como el ritmo cardíaco aminoraba curiosamente, a pesar de tener los nervios a flor de piel.- Esta
bien...- murmuró.

Liev la observó vencida desde los pies del lecho y sonrió victorioso. Volvió a centrar su atención en el bocado exquisito que tenía delante. Se aproximó y con su lengua, entusiasmado, comenzó a recorrer su sexo, deteniéndose en su nuevo tesoro, penetrándola con placer y ansiedad. Succionaba fuerte, pretendiendo que se encendiera tal y como él deseaba y se humedeciera sola. Introdujo el dedo indice con suavidad esta vez deleitándose en los suaves movimientos que comenzaba a sentir por parte
de la exploradora.

Ella estaba en shock por todo lo que estaba sucediendo y jadeó otra vez. La necesidad hacia ese hombre se volvió casi insoportable. El miedo desapareció dejando paso sólo al placer, suspiró y gimió con suavidad.- Es maravilloso...- murmuró de nuevo.

Liev, orgulloso de lo que esta aconteciendo, incorporó un dedo más para ver cómo reaccionaba ella. Ahora comenzó a entender que quizá no hubiera estado nunca con ningún hombre. Gabrielle acogió la nueva
sensación con un pequeño grito de sorpresa y respiró tranquila acompasando el movimiento de él con sus caderas.

– Eras virgen...- dijo claramente en un tono acaramelado sin sacar la cabeza de su lugar sagrado.

– Lo era... sí...

– Debí haber sido más cuidadoso-. Se subió sobre ella decidido. La sonrió y colocando sus labios sobre su boca la penetró una vez más con firmeza pero sin brusquedad, esta vez.









jueves, 11 de julio de 2013

El despertar de la Ira




Liev caminaba por la habitación furioso, mordiéndose los nudillos. No sabía qué demonios había pasado. Que ella se desmayara en ese momento tampoco había resultado de ayuda. Conteniéndose decidió esperar que despertara para pedir las explicaciones pertinentes. O quizá la matara sin más, se estaba ganando a pulso no merecer otra cosa.

Gabrielle abrió los ojos media hora después. Estando atada no podía levantarse y no conseguía respirar libremente. Miró el techo esperando a que desaparecieran esos pocos segundo de ingravidez que dejan paso a la consciencia real; sabía dónde estaba pero aun no tenía muy claro por qué estaba allí.

─¿Has vuelto? ─dijo él iracundo.

─... ¿Qué... qué ha pasado? ─trató de tomar aire.

─Buena pregunta; ¿lo has hecho a propósito? ─su semblante reflejaba sombras de frustración.

─¡No! ─tosió tras la respuesta.

─Y entonces, si no quieres torturarme, ¿qué ha ocurrido? ─dijo mirándola desde las sombras.

─¿Podrías hacer el favor.. de desatarme?... No sé qué pasa, pero no puedo respirar... ─tosió una vez más, cada frase la dejaba exhausta.

Liev la desató y se quedó mirándola mas cerca con desconfianza. Gabrielle se sentó en el lecho intentando regular su respiración sin conseguirlo al principio, sin devolverle la mirada.

─No lo he hecho a propósito, yo no quiero atormentarte...

─Respira ─exigió severo. No parecía que estuviera fingiendo y si lo hacía había resultado ser una fantástica actriz.

─Perdóname... ─tomó aire profundo sintiéndose mejor por momentos─. Ya estoy bien...

─¿Qué has sentido? ─mientras la veía en aquel vaivén de inspiraciones y expiraciones, comenzó a relacionar lo sucedido con su sospecha. Si Gabrielle era un bálsamo, su reacción fue natural. Los bálsamos caían inconscientes ante sus depredadores...

─No era capaz de respirar... sentí como si me estuvieras asfixiando... ─evitaba mirarle a la cara directamente en todo momento.

─Entiendo... ¿De verdad te sientes mejor ahora?, mi presencia debería causarte cierta inquietud, como poco ─su tono se hizo más amable.

─Estoy bien, me gusta tu presencia...pero no comprendo que me sucede cuando estoy cerca de ti... ni tampoco cuando estoy lejos...─ Continuó sin mirarle pero le agradó sobremanera que él le hablara con más ternura, pocas veces había tenido la oportunidad de escucharle así, aunque ciertamente no habían hablado mucho.

─Estás hecha para mí. No lo sabías, pero lo estás. Eres mía. ─Liev se acuclilló ante ella obligándola a mirarle a los ojos. Le sujetó con suavidad de la barbilla, Gabrielle sintió que su corazón se volvía a acelerar.

─Liev... ¿qué eres?, ¿cómo has podido saltar desde mi ventana conmigo...?, ¿y qué soy yo?, ¿por qué dices eso?... ─tras esas preguntas se quedó algo evadida es sus propios pensamientos.

─Tú eres mi bálsamo, y yo tu asesino... ─le separó las piernas colocándose entre ellas, robándole un beso demasiado cargado de ansia para ser romántico.

─Pero... no entiendo nada... ─se dejó hacer sin perder el control vigilando su ritmo cardíaco para que no le gastara otra mala pasada.

─Acabaré matándote, o quizá seas tú quién me mate... ─comenzó a besarle apasionadamente acariciando uno de sus pechos sobre la ropa.

─Entonces ese es nuestro destino... yo que tanto he esperado... que tanto te he esperado... ─hablaba entre besos y jadeos, presa de su propio deseo─. No quiero hacerte daño...

─Te digo que voy a matarte ¿y no piensas en escapar? ─de nuevo la empujó al lecho, boca arriba, arrastrándola de las piernas hasta él. Ella sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

─Dices que vas a matarme, pero yo te estoy diciendo que te he estado esperando... no podría huir... aunque quisiera hacerlo.

─Claro que podrías, siempre se puede hacer algo para evitar la muerte ─se abalanzó sobre ella deseando hacerla suya en ese mismo instante, subiéndole el camisón. Supo que le incomodaba su rudeza, pero eso le excitó aún más. El hecho de que Gabrielle aceptara dócilmente la muerte cuando acababa de advertirle qué iba a pasar, la hacía aún más encantadora.

Gabrielle volvió a notar que el corazón se le desbocaba y regresaba la sensación de ahogo pero luchó contra ello, esta vez aguantaría todo lo que pudiera y comenzó a arañarle la espalda.

─Hazme sentir antes de que pase nada... es lo único que... te pido.

domingo, 16 de junio de 2013

Temibles deseos/ Corazón débil






Se quedó petrificada mirando aquellos radiantes ojos grises, tan cristalinos que no parecía la mirada que recordaba. Tenía su boca increíblemente próxima, justo como ella llevaba meses deseando. Quería que esa mano brusca que le había aprisionado uno de sus pechos bajara hasta encontrarse la fuente de su virginidad y se la robara a arañazos. Suspiraba por encontrarse con esos labios que la llamaban tanto como su piano y arrancar a mordiscos millones de besos llenos de ira y ternura; tal y como siempre había imaginado, pero una voz en su interior la gritaba: ¡PELIGRO! a cada bocanada de aire que inhalaba. Esto no era uno de sus sueños, ni uno de sus libros... esto estaba pasando de verdad.

- Sí, ¿qué?- le dijo tratando de controlar todo ese fuego que le desgarraba por dentro impidiéndole pensar con claridad.

- Deseo... -dudo unos instantes pensando: " deseo que me arranques la ropa y profanes mi cuerpo hasta que sea presa de tu fuego y me fundas contigo, como hago yo con la música", pero dijo: deseo que me sueltes, Liev, por favor... ¿Por qué me haces esto?... – le miró con miedo imaginando que clase de ser podía estar frente a ella, no podía ser humano y todo se le estaba escapando de las manos. Esto era la vida real… ¡QUE COÑO ESTABA PASANDO!

Liev no contestó.

- “Tú eres la única culpable de tu destino. Te advertí, fui bueno contigo... te entretuve jugando a tus estúpidos jueguecitos... ¡incluso te ayudé!, y ahora haces esto...”- Las palabras que él podría estar pensando fluían por la mente de Gabrielle y al mismo tiempo tuvo ganas de llorar al sentir como se humedecía por completo bajo el ceñido pantalón vaquero. No sabía qué hacer. Su cuerpo luchaba contra su cabeza en una guerra como jamás se había librado.- “No he hecho nada malo... yo creí que te habías marchado... solo quería...”- pensó. Realmente no sabía que decir ante su captor.

Acababa de secuestrarla y la había maniatado y amordazado arrojándola en la oscuridad, en un lecho que a su juicio no era nada agradable, debería de tener miedo, pero no sabía muy bien por qué no era así. Olía a humedad y se podía escuchar alguna alimaña correteando por el suelo, pero ella solo tenía sentidos para él. Él y su divina fragancia que la inundaba obligándola a excitarse y aceleraba las pulsaciones de su corazón, el cual cabalgaba a un ritmo frenético. Sentía el calor que desprendía su entrepierna y deseaba con toda su alma tocarlo y comprobar que realmente ocultaba algo tan duro y cálido como su voz, como su mirada... pero el silencio cortaba.

El aire impulsado por su respiración sobre su piel la erizaba hasta el último vello del cuerpo. Lo necesitaba, no cabía duda alguna, necesitaba sentirle embistiéndola con fuerza mientras la agarraba con firmeza por el pelo y respiraba con pasión sobre su oído... era lo que más necesitaba. Su corazón continuaba desbocado, como jamás lo había tenido.

- Me merezco tu ira, es cierto. He vuelto a ofenderte... perdóname.- Le miró con cierto recelo y sin oponer mucha más resistencia, notando el pecho estallar, le ofreció sus labios cerrando los ojos dócilmente.

Liev la observó entregarse tan rápido a sus deseos que sintió una punzada de orgullo en su interior, había sido tan fácil regresar a ese estado... tanto tiempo luchando contra sí mismo, para ahora ver como ese pequeño bálsamo se deshacía entre sus dedos suplicando literalmente que acabara con su existencia. Se inclinó los escasos centímetros que restaban de la boca de Gabrielle y la besó apasionadamente.

Mientras sus lenguas se entrelazaban, Liev agarraba la cabeza de Gabrielle con suavidad pero firmeza, obligándola a moverse donde él quería, se sentía raro, y ella notó que se mareaba y la costaba ligeramente respirar. Su corazón le dañaba en el pecho por los terribles y rápidos golpes y de pronto comenzó a sentir un extraño cosquilleo que la recorrió entera, como una corriente eléctrica, fue perdiendo las fuerzas poco a poco hasta que finalmente, y muy lejos de desearlo, se desmayó en los brazos de su captor.