No te escribe una casa en ruinas, no escribe tu querido Nadie. Puede que yo sirva para consolar esa parte que comentas deseas compartir con un amigo.
Esta noche pensé que sería una más, una noche como cualquier otra de las tantas que ha distinguido mi persona cuando ¡oh!... Hacía tantísimo no veía un sobre cerrado a la espera de ser leído que no pude sino emocionarme ante la idea de abrirlo y descubrir, ávido, el contenido de la misteriosa carta. Qué sorpresa, Gabrielle, qué cantidad de filosofía encontrada fortuitamente en un sofá.
Leí tu carta, fui cómplice de tus pensamientos, tus dudas, tu dolor; no creas que no me conmovió. Tu vida tiene aspecto de estar tan desangelada como tú misma. El trazo de tu pluma lo evidencia, esos quiebros que se suceden intermitentes, esas líneas que quedan mudas cuando trazas eles, esa grafía redondeada… ¿Qué edad tienes? Estimo no llegas a veinte. Con la confianza de un extraño te diré que hace años, cuando era joven, las mujeres de veinte años y menor edad también tenían problemas, pero no como los que describes, no tan enormes, aterradores ni dolientes. En fin, al menos tú tienes tu piano “el piano que te escucha”… Y una casa abandonada donde dejar cartas, por supuesto.
Ahora bien, ¿cómo consolar las anodinas cuestiones que te atormentan, Gabrielle? ¿Cómo servir de bálsamo a tu alma en busca la felicidad? No hay consuelo, extraña. Cuanto antes tomes conciencia, antes te convertirás en la compañía que merece tener esta casa abandonada.
Has sido muy presuntuosa al suponer que no albergo más ocupación que dedicarme a tus letras.
Triste; cansada por todos los cambios sufridos en su miserable existencia, Gabrielle comenzaba a ver el mundo con los ojos de la realidad. El único problema era su familia. Cada pocos meses cambiaban de ciudad y según sus adorados padres, esta vez era la última. No les creía demasiado... ya se lo habían dicho muchas mas veces. No la importaba, ya tenía 24 años, pronto se buscaría un piso propio y sería libre, libre por fin de hacer su vida en paz, o eso soñaba a menudo.
Gabrielle era pianista. Había abandonado muchas cosas en su vida pero solo para dedicarse a su pasión musical. No era una gran concertista por culpa de su inestabilidad familiar, pero eso la había brindado la oportunidad de tocar en muchos lugares; no tenía amigos, no conocía el amor, pero el piano jamás la había dejado sola.
Cuando inspeccionó su nuevo hogar, con poco entusiasmo, descubrió que volvía a vivir en una casa cómoda y lujosa que tenía una pequeña salvedad... la casa de enfrente.
El lugar que se encontraba ventana con ventana de su vivienda era una joya llena de misterio y oscuridad. Le encantaba, aunque supuso que a sus padres no les hacía la menor gracia. Esa casa, en la que no entraría nadie en su sano juicio, le daba pie a jugar con su imaginación mas oscura. Se sentía bastante bien gracias a ella.
Colocaron todos los muebles y a la semana de vivir allí, Gabrielle ya asistía a la academia de música principal de la ciudad. Sus padres habían vuelto a desaparecer gracias a sus ocupaciones y ella recobró la soledad cotidiana.
Una noche, tras observar detenidamente la casa vecina, tomó papel y boli, se sentó en su escritorio y comenzó a escribir:
" 6/06/2012"
Mi querid@ Nadie:
Hace mucho tiempo que no soy feliz. He renunciado a toda mi esperanza y a toda mi felicidad por un bien material y egoísta como es el dinero contante y sonante. No es que haya sido una elección mía, pero no puedo hacer nada para evitarlo.
Hace más tiempo aun que no mantengo una amistad o una conversación que pueda encontrar coherente y productiva, solo mi piano me escucha y empiezo a estar un poco cansada de que siempre me conteste con las mismas notas. Por todos estos motivos y por muchos otros he decidido escribirte, a ti, mi querida casa abandonada, porque tan claro como que un piano no me hace feliz por estar siempre a mi lado, se que ocurrirá lo mismo contigo. A pesar de eso siempre es bueno conocer a alguien nuevo y atento que escuche un poco de mi historia el poco tiempo que voy a permanecer en este lugar.
Siento mucho haber molestado sus quehaceres de Casa en Ruinas, pero necesitaba hablar con alguien.
Muy atentamente. Gabrielle"
Con mucho cuidado colocó la carta en un sobre blanco y se vistió. Eran las dos de la mañana, sus padres dormían desde hacía más de una hora y su calle estaba vacía así que no le resultó difícil llegar hasta la puerta de la casa sin que nadie la viera. Entró, encendió la linterna que había escogido para su incursión nocturna y se encontró justamente lo que imaginaba; la casa destrozada mayormente; el olor a humedad la invadió. Caminó hasta el salón entre escombros, parecía que ese lugar había sido hermoso antaño, y colocó la carta sobre el sofá carcomido por el tiempo. La miró una vez más y salió de allí corriendo para que sus padres no notasen su ausencia.
Cuando se recostó en la cama se quedó mirando al techo, pensando en su carta y en lo bien que le había sentado escribir un poco hasta que finalmente sucumbió en los brazos de Morfeo.