martes, 6 de mayo de 2014
Un buen lugar
Caminaba a solas por la calle, era ella, en cuanto abrió el portal Liev identificó su perfume. También la pequeña libreta era suya, lo supo al momento. Fue como si hubiera empapado cada página de un aroma a Gabrielle que costaría mundos retirar.
Se le acercó, le tocó, todo mientras él permanecía encogido en el suelo, sintiendo una lágrima rabiosa fuera de control, rodar por su mejilla. No tenía fuerzas para abrir el diario, y sin embargo la libreta palpitaba en el bolsillo interior de su chaqueta.
Liev se levantó despacio, como el que experimenta las delicias de una borrachera, e igual que este sintió nauseas. Tenía que ganar un refugio donde resguardarse durante el día. No sobreviviría teniendo tan pocas fuerzas.
El alcantarillado le pareció el lugar idóneo. Solo tenía que levantar la tapa redonda para estar en un sitio donde nadie pudiera contemplar su rostro monstruoso, espantarse de sus dedos afilados o la rudeza de sus formas. Gabrielle y el hombre que besó en el coche tampoco podrían verle. Allí también estaba a salvo de todas las cosas bellas y sensaciones extrañas que había experimentado sin merecer. ¿Amor? ¿De verdad osó pensarlo? No, el amor no existía. ¿Celos? Tampoco eran celos. Liev sentía algo que se asemejaba más a un acantilado maldito por las almas de cientos de suicidas al que se le añaden unos miles más. No merecía estar vivo. No merecía respirar.
Dentro de un conducto de ventilación, uno de esos espacios gigantescos y redondos anegado en ratas y aguas henchidas de podredumbre, Liev tomó asiento y cruzó los brazos en su regazo. El cuaderno de Gabrielle, donde imaginó habría escritas mil y una notas de cómo aquel nuevo hombre había llegado a su vida -respirando, latiendo, cálido, besándola, enamorándola y tantas otras cosas-, descansaba en el suelo, empapándose poco a poco como lo hacía él.
Los dos iban a encontrar el final justo para sus historias. Aquella cloaca era un lugar tan bueno como cualquier otro para morar y morir.
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